Copycat

 


Helen Hudson (Sigourney Weaver) es una psicóloga criminal especialista en asesinos en serie que es atacada, luego de una conferencia, por uno de sus pacientes en el baño del salón. Salvada a último minuto, Helen desarrolla un severo trauma que la lleva a estar varios años encerrada en su casa sin poder salir producto del miedo que le ocasionó ese episodio (se lo conoce como agorafobia). Esta es una película del año 1995, ¿la vieron? Se trata de una banalización teatralizada de lo que se conoce como efecto imitativo o efecto contagio (copycat en inglés).

La mejor escena sucede al final. Un imitador retoma los casos más resonantes de crímenes perpetrados por asesinos en serie anteriores y comienza a desarrollarlos con nuevas víctimas de la forma más metódica, frente a la completa perplejidad de los investigadores policíacos. Helen es requerida por la policía, debido a sus conocimientos expertos en la materia, para ayudarlos a encontrar a este asesino, sin saber que se convertirá ella misma, una vez más, en víctima. Peter Foley la llevará al mismo lugar al que la llevó su anterior atacante (el baño del salón de conferencias), con el mismo vestido rojo y zapatos al tono, para terminar con éxito la copia, su obra maestra, del crimen que su antecesor e ídolo no pudo terminar.

“No, esto está mal”, dice el asesino mientras mira con detalle la escena y acomoda el pie de la doctora y el cuerpo del policía que acaba de asesinar para que ocupe el mismo lugar que había ocupado el primer policía que intentó rescatar a la doctora Hudson en el primer ataque. "Ayúdame Helen, ¿puse bien la pose de la cabeza? Hice lo mejor que pude basándome en las fotos. Todo tiene que estar en su lugar preciso". Esta obsesión por la réplica de un asesino serial preocupado por copiar al detalle los crímenes que lo convertirán en famoso, según su propio punto de vista, no tiene nada que ver con las copias que se desarrollan en extenso, en lo cotidiano y por fuera de cualquier pretensión de fama. Para completar el perfil del asesino de la ficción de Hollywood diré que es un típico psicópata sin empatía que disfruta del dolor de sus víctimas, una persona enferma. A mí me interesan las imitaciones de la gente normal, sin patologías psiquiátricas y, principalmente, sin series. Esa es la novedad de nuestros tiempos.

Repasemos brevemente qué se dijo y se teorizó en el último siglo sobre este tema. La primera teoría en afirmar que los medios producen efectos fue el modelo de la aguja hipodérmica desarrollado por Laswell en 1927. De corte netamente determinista planteaba que los medios producían efectos cuasi mecánicos e instantáneos en una audiencia pasiva e inerte. Pensemos que estos autores no analizaban el efecto contagio en materia de crímenes sino que el foco estaba puesto en estudiar principalmente los efectos ideológicos de las campañas de propaganda política que se iniciaron fuertemente en la segunda posguerra y que financiaban los propios políticos para saber cómo influenciar a los votantes.

En una segunda etapa, en un período extenso que abarca toda la mitad del siglo XX, se realizan progresos académicos tendientes a dotar de mayor agencia al receptor de medios. Es decir, se empieza a pensar en la audiencia como un sujeto activo y en la instancia de reconocimiento como una dimensión donde suceden muchas más cosas que simples actos reflejos. Teorías destacadas de la época fueron la de los efectos limitados y la de los usos y gratificaciones que planteaban, en líneas generales, que si bien los medios producían efectos, éstos no eran ni ilimitados ni omnipotentes y que los receptores eran quienes utilizaban a los medios para reforzar sus propias teorías, muy a groso modo.

Siguiendo la línea de tiempo llegamos a la fértil década del 70 en la cual verán la luz teorías más actuales y sofisticadas como la teoría de agenda setting -los medios definen la agenda de temas- y framing -los medios encuadran los temas proponiendo una determinada definición de los mismos-. Son teorías que se enmarcan en un enfoque constructivista donde lo que prima es una visión de negociación entre las instancias de emisión y recepción.

Por último, la crítica cultural hará una revisión funesta del determinismo, rechazando de plano la teoría de los efectos mecánicos, y planteando a la dimensión de lo cultural como explicación más amplia, compleja y seria para abordar estos fenómenos. Ya estamos aquí en la década del 90 con Jesús Martín Barbero como principal exponente.

Como vemos, todas las teorías trabajaron los efectos de los medios en su dimensión amplificada y general sin detenerse, puntualmente, en los efectos criminógenos, aun cuando se los menciona y se los tiene en cuenta. Mi propuesta tiene que ver con poner la lupa específicamente allí: donde caen los cuerpos luego de la mediatización exacerbada de un caso inicial novedoso en términos de Tarde, ya lo explico mas adelante.

Gabriel Tarde era un juez de las afueras de París, un hombre bien, de la alta alcurnia. Sin embargo, su alma estaba puesta en su rol de profesor, ámbito desde el cual desarrolló y dio a conocer su teoría de la imitación. Aquí estamos en tierras sociológicas de fines del siglo XIX. Un joven Emile Durkheim le disputó el terreno y lo desbancó quedando su figura, su teoría de lo social y sus conceptos en el cuadro hegemónico de las ciencias sociales hasta el día de hoy. No por nada se lo conoce como uno de los fundadores de las ciencias sociales en tanto ciencia. Él desarrolló, ni más ni menos, que las reglas del método sociológico. Es el que decía que había que tratar a los hechos como cosas sociales. Curiosamente, la historia cuenta que fue el mismo Gabriel Tarde quien le proporcionó los datos estadísticos a Durkheim -materia prima fundamental- para que desarrollara su extensa investigación del suicidio, ya que Tarde trabajaba en la oficina de estadísticas. No me voy a referir a las diferencias irreconciliables entre ambos autores que veían a la sociedad de forma totalmente diversa y opuesta. No es motivo de este análisis. Lo que sí me interesa rescatar de Tarde son sus primeras teorizaciones en torno a lo potencial y a la virtualidad del crimen, conceptos que quedaron enterrados en la historia y que, a mi juicio, son mucho más interesantes que su teoría de la imitación.

¿Qué decía Tarde de la imitación? Básicamente él plantea un esquema que tiene un individuo creador, un genio, parte de una élite, que -sin explicar cómo-, se sale momentáneamente de la sociedad para crear algo nuevo. Vuelve a entrar ¿? y esta novedad, esta invención, es imitada por toda la prole de los imitadores. Su visión es a todas luces clasista. “La clase dominante de los descubridores, la clase dominada de los copistas”, decía. Pensaba la imitación como una especie de sugestión, de acto reflejo. Todo lo que componía lo social, desde su punto de vista, estaba hecho de imitaciones. 

Entonces tenemos dos momentos: invención (una) e imitación (muchas). Por supuesto que Durkheim lo aniquiló por esta propuesta tan simplista y determinista y Tarde quedó en el olvido y pasó sin pena ni gloria. Pero hay algunas cuestiones, muy chiquitas pero poderosas que dijo Tarde en su época, y que me parece importante rescatar para pensar a la luz de ellas los casos actuales de efecto imitativo en materia de crimen.

Veamos. En primer lugar, Tarde hablaba de los medios en tanto producirían una “sugestión a distancia”. De la misma manera que pensaba la imitación de un individuo elevado por sobre otro, que siempre era de algo positivo, para igualarlo, y que rara vez tenía que ver con cuestiones más escabrosas como los crímenes de los anarquistas de su época; él pensaba en la función de los medios como generando una comunidad espiritual de lectores (recuerden fines del siglo XIX, hoy lo podemos pensar en torno a la mediatización), como todos vibrando en la misma sintonía. “A través de los medios de comunicación se genera una verdadera conexión intermental entre los lectores, una sugestión a distancia que permite que ideas y creencias se reproduzcan y amplíen en cientos de semejantes, aun cuando no sean conscientes de la influencia que se ejerce sobre ellos”. Lo dejamos ahí por ahora, mucho más para profundizar pero es un comienzo.

Y luego dice: "la imitación de las ideas precede a la de su expresión. Va de la cosa significada al signo". De dentro hacia afuera, decía Tarde, así operaría el proceso de imitación. Entonces tenemos una idea, inicialmente, que puede llegar por el ejemplo de un otro cercano o por la sugestión a distancia de los medios, que ingresa a nuestra psiquis y que sale en forma de signo. El signo sería el crimen materializado. Por supuesto no siempre es así, no todos los que vemos un crimen lo replicamos, siempre es bueno aclarar.

Y después está lo más interesante: la relación entre la potencia y el acto, la idea de virtualidad y potencialidad del crimen. Dice el autor: "La exuberante riqueza de las virtualidades siempre se ve empobrecida en su paso a la concreción efectiva, dado que la mayoría de sus opciones se deben abortar para que pueda tener existencia el resto. Ya que lo realizado no es mas que un fragmento de lo realizable. Lo virtual desborda la realidad efectiva y todo lo que ocurre es producto del holocausto de las alternativas desechadas".

En mi interpretación, éste sería el mecanismo por el cual se produce algo nuevo en materia de crimen: un crimen que rompe con lo tradicional, con lo esperado y con lo esperable. Un crimen que elige, a partir de su perpetrador y a través de él, una de las miles de opciones virtuales de criminalidad aún no desarrolladas. Lo potencial que se vuelve acto, y en ese mismo instante, y por ese mismo hecho, se materializa como un nuevo verosímil. Un nuevo posible.

"La causa de un hecho no puede ser la posibilidad de ese hecho, sino precisamente la circunstancia que transforma esta posibilidad en realidad, y esto es cierto sobre todo cuando se trata de virtualidades criminales que solo se revelan realizándose. Se ve entonces gente, reputada como honesta en la víspera, cometer verdaderas atrocidades por las cuales al día siguiente se ruborizarán. Sabemos que ella se ha formado en virtud de influencias de orden social. Es pues a éstas a las que hay que atribuir la realización de su virtualidad criminal”. ¿Cómo es posible que 10 días después del crimen de Lucio Dupuy en La Pampa, que conmocionó a todo un país y que atiborró los medios y las redes sociales de contenido sobre su muerte, tenemos otro caso, sospechosamente igual, de un padrastro violando y asesinando a golpes a su hijastro de 2 años en Neuquén y dos semanas después otro caso igual en Córdoba? Mismo escenario: el padrastro asesino golpeador y la madre cómplice de maltrato. Tenemos 3 casos idénticos en un período de menos de un mes. Aquí es donde entran los medios y la teoría de los efectos: porque los medios forman parte de esas “circunstancias” que menciona Tarde que transforman las simples posibilidades, o virtualidades criminales, en realidades. Concretamente, en este campo, en cuerpos arriba de la mesa de un forense.

Si seguimos el razonamiento de Tarde, la invención es el caso que da inicio a la serie imitativa. El caso Lucio, en este ejemplo. “Toda invención es un posible realizado”, decimos con él. Recordemos que Lucio no fue el primer nene en morir en nuestro país dentro de su hogar pero sí fue el primer caso con las características con las que se presentó. Único y primero en su género. Hoy podemos hablar del caso Ángel de Comodoro Rivadavia, por ejemplo, porque antes y primero estuvo Lucio, iniciando la carátula.

Entonces, todo nuevo crimen (y por nuevo crimen quiero decir novedoso, sin precedentes) es un posible realizado, un nuevo verosímil. En esa línea, los casos que siguen, los de los simples y chatos imitadores, son condiciones de reconocimiento de ese crimen inicial. Son el efecto contagio. Pero no como lo plantea la película de Hollywood, con un asesino en serie preocupado por imitar el método y los detalles del caso anterior. Con una psicopatía galopante. No. Son simples hombres y/o mujeres dentro de sus hogares matando por primera y única vez. No hay serie, no hay profesionalización. No hay locura. Hay otra cosa.

Por último, no puedo no retomar lo ya trabajado en este blog en relación a la dimensión necesariamente física del contagio. De la mano de Durkheim desde la sociología y de Freud desde la psicología vimos cómo el elemento que no puede faltar para que haya contagio -es decir, para que éste efectivamente se produzca-, es el modelo a imitar en forma de método visible y aprehensible. Recordemos la epidemia de suicidios que analizó Durkheim en su época, cuando no había medios de comunicación como los conocemos ahora, sólo prensa escrita. En un hospital, una soga colgada de un pasillo fue el elemento utilizado por un primer suicida y por decenas que le siguieron. Cuando alguien se avivó y retiró la soga del techo, cesaron los suicidios. En un entorno hipermediatizado como el que habitamos en este siglo XXI, las sogas colgando del techo se ven en la tele, en las fotos de los diarios físicos u online, en los muros de las redes sociales. Y si no se ven, se relatan, lo que es lo mismo. Porque se enseñan, se dan a conocer. Se materializan en forma de discurso.

Freud decía -y Freud no se equivocaba nunca- que el ejemplo es siempre contagioso. Y esto vale por supuesto para lo positivo como para lo negativo. Los niños aprenden mediante el ejemplo. La crianza es un método de socialización primaria basada, entre otras cosas, en el modelo del ejemplo de los adultos cuidadores. Pero, por otro lado, Edwin Sutherland se dedicó a estudiar la profesionalización de los delincuentes de carrera, la cual procede…adivinen por qué método. Sí, por aprendizaje social. El contacto con otros profesionales del delito genera las condiciones mediante las cuales se incorpora la conducta delictiva, al igual que sus motivaciones y justificaciones. 

Entonces lo que tenemos es un escenario sumamente complejo pero a la vez de lo más natural y que tiene que ver con cómo aprendemos socialmente las conductas. El pequeño problema es que, para ciertas conductas que arrojan como saldo el cuerpo de una persona inocente, deberíamos restringir colectivamente su capacidad de imitación. Hace 100 años Durkheim ya cargaba contra los apocalípticos (como yo) que imploraban que los medios no informaran sobre crímenes o suicidios. “Ciertos autores atribuyen a la imitación un poder que no tiene”, decía, pícaramente, para pegarle a Tarde y a los positivistas de su época. En mi tesis de grado, y apoyada principalmente en la teoría durkheminiana, analicé los suicidios de imitación en conexión con su representación mediática para concluir, junto con él, que el punto no está en dejar de informar sobre los suicidios (o los crímenes) sino en cómo hacerlo. Ahí radica el aporte que podemos hacer para frenar el contagio en los casos en los que haya terreno fértil para su desarrollo. ¿Cómo lo hacemos? En primer lugar y como premisa fundamental omitiendo toda la información relativa a la mecánica de muerte. El método. En segundo lugar, bajándole el tono al sensacionalismo y al drama y poniendo el foco en mensajes de tipo preventivos (efecto Papageno), contextualizando la temática en forma amplia, convocando expertos responsables, brindando información comprobada. Pero claro, todo esto atenta contra la lógica comercial de los medios de comunicación que tienen que aumentar el rating para vender la publicidad más cara. Ahí está el segundo dilema y la parte estructural de la problemática.

Para cerrar, diré que, según lo vengo pensando y desarrollado, el nuevo verosímil en materia de crimen se habilita y queda disponible para su imitación al exponer el método de muerte de forma sensacionalista y dramática en los medios de comunicación. Y sino, que alguien me explique cómo es posible que luego del tiroteo en la escuela de Santa Fe, hubo cientos de réplicas -en forma de amenaza por suerte- en todo el territorio nacional. Un reto viral, me dirán. No. Si así fuera, si fuera una moda de un reto viral más, ¿por qué se inicia justo después de un tiroteo que dejó a un nene muerto y no antes? ¿Y por qué estamos en el siglo XXI y aún hay notas que citan especialistas para hablar de efecto contagio si supuestamente la teoría de los efectos está muerta y sepultada, exiliada y vapuleada por determinista y obtusa? Continuará.

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