No se trata de castigar más sino de castigar más eficientemente
Creo que les conté que estoy cursando una Maestría virtual en Criminología en la Universidad de Quilmes. En este primer año transité por seis materias introductorias. Si hay algo que voy a buscar a los libros y a extraer de los profesores es información, datos, nuevos enfoques, más bibliografía, más contexto. Y en ese camino ando, recopilando todos los recortes que me ayudarán, muy eventualmente, a construir una propuesta teórica humilde y concreta sobre el tema de mi interés: los crímenes intra hogar en su crecimiento exponencial actual.
En este primer tramo y, como trompada de knock out,
me encontré con que, según la bibliografía criminológica, soy una conservadora en materia penal. ¿Yo, conservadora? ¿Se imaginan? No creo que haya un aspecto de mi vida que pueda encuadrarse en el conservadurismo, excepto en la temática del aborto, mi único talón de Aquiles. Para todo lo demás, el progresismo es mi adscripción. Resulta que, al plantear en este blog la idea central de que la cárcel, como sistema monopólico actual, dejó de ser eficiente para prevenir el crimen, lo que estaría diciendo, en el fondo, es que habría que aumentar las penas para bajar el delito. Y eso es precisamente lo que defienden los conservadores, abogados del denominado populismo punitivo.
“Dicen los criminólogos conservadores, dejemos a un lado la
idea de que se delinque por condiciones sociales y ambientales adversas. El que
delinque es considerado como un sujeto que elige racionalmente, ponderando
costos y beneficios de su acción. Convendrá entonces actuar sobre los
costos, incrementándolos de forma tal que la elección criminal resulte más
difícil” (Picth, 2009, p. 7). Y es cierto que la mayoría
de mis planteos apuntan ahí, pero no precisamente en ese sentido. Mi
intención es reflexionar acerca de la pérdida progresiva de eficacia del
sistema de penas y, en consecuencia, del control social sobre los
desviados. Cuando hablamos de eficiencia o eficacia de las penas nos
referimos a su capacidad, no sólo de compensar el delito (si es que es
posible), sino, fundamentalmente, de prevenir futuros delitos. En este blog
arrancamos el recorrido por la obra de Foucault, Vigilar y Castigar (1975),
donde el autor desarrolla una genealogía de las formas de castigar y describe
con detalle la época de
los suplicios, etapa anterior a la suavización
de las penas con la reforma del siglo XVIII. Ese método de castigar era
altamente efectivo porque el pueblo tenía que presenciar obligatoriamente el “teatro del infierno”. Es decir, la eficacia
del método de castigo, que no está en relación directa con su legitimidad,
radicaba en la capacidad de disuasión que desplegaba al mostrarle al potencial
delincuente las certeras consecuencias de sus actos. Nada de esto se dice
para justifcar el castigo corporal o volver a él. En términos técnicos,
el sistema de castigo presentaba mayor eficiencia en la prevención del crimen.
Y hacia allí apunta mi análisis.
Por
otro lado, cuando digo que la cárcel, como sistema penal único, es monopólica y
uso ese término concretamente, y no hegemónica por ejemplo, es porque me parece
que el concepto económico de monopolio describe acabadamente un sistema en el
cual la privación de la libertad es la única oferta de castigo disponible en el
mercado de penas. No se trata de una hegemonía en términos gramscianos. Es,
literalmente, un monopolio del mismo modo que lo son los servicios de agua o
luz. No hay, a diferencia de lo que sucedía en la etapa anterior al nacimiento
de la prisión, otras posibilidades de castigo penal.
Entonces,
lejos de abogar por un endurecimiento de las penas al mejor estilo Blumberg,
mi propuesta tiene que ver con poner el foco en el recorrido que nos llevó a
tener hoy en día un sistema carcelario que no le mete miedo a nadie (porque
las condiciones fuera de la cárcel no son mejores que las de adentro, ya lo
desarrollaremos a continuación de la mano de los marxistas Rusche y
Kirchheimer), sino que incluso, en muchos casos contemporáneos, se logra evadir
la pena por suicidio del agresor. Desde mi punto de vista, estamos ante un
problema de falta de autoridad como sociedad (tema que voy a ampliar muy pronto
a partir de la teoría de la educación moral de Durkheim). Vale decir que, con
nuestras instituciones actuales, no intimidamos a nadie. Los delitos y
los crímenes se cometen sin consecuencias conmensurables y sin capacidad, ya no
de prevención, sino incluso de previsión.
Vayamos
ahora con la parte lógico-matemática de la ecuación. Uno de los primeros textos
que me propusieron leer en la Maestría es Pena y Estructura Social de Georg
Rusche y Otto Kirchheimer (1939). Marxistas de pura cepa, los autores realizan
un análisis que, a mi juicio, no tiene grietas. Empiezan por rastrear los
principios básicos que inspiraron la pena carcelaria y ubican este origen en
las últimas décadas del siglo XVIII. En un contexto de aumento generalizado de
la pobreza y su consecuente derivación en un ejercito industrial de reserva
(sí, la flexibilización laboral no es un invento moderno), los costos de la
asistencia pública aumentaron considerablemente provocando el enfado de los
pagadores de impuestos (seguimos en el siglo XVIII, cualquier parecido con la
actualidad no es pura coincidencia). La creación de “casas de corrección” o workhouses, según los autores, tuvo por finalidad explícita “que la situación de los beneficiarios de la asistencia fuera
menos favorecida que la situación de los trabajadores libres de las clases más
bajas. Este principio, incorporado a las leyes de pobres de 1834, constituye el
leitmotiv de toda administración carcelaria hasta nuestros días”
(Rusche y Kirchheimer, 1939, p. 110-111).
Veamos
de qué se trata esta premisa. Básicamente, la idea de fondo es que “si las prisiones proporcionaran una existencia más
confortable que la de los trabajadores libres de la ciudad y del campo, las
cárceles dejarían de cumplir su funcion disuasiva, induciendo a los prisioneros
liberados a cometer nuevos delitos con el fin de retornar a la prision”
(Ibid., p. 125). Ergo, si el Estado pretende usar la prisión para asustar y
disuadir, tiene que ofrecer peores condiciones que las experimentadas por los
que están en la peor situación en el exterior. En la lógica de estos autores, si
los trabajadores en el medio libre se encuentran en situación de calle o
pasando hambre y la prisión ofrece comida y cama en condiciones razonables, la
disuasión desaparece y la gente pobre podría incluso estar dispuesta a ir a
prisión.
Creo que el fenómeno de la desviación es bastante más complejo y, por
ende, no puede explicarse por una sola causa pero también creo que hay mucho de
este planteo lógico que no podemos dejar de considerar. Sólo para la anécdota,
estas casas de corrección de la Europa de fines de siglo XVIII fueron
reemplazadas por las más conocidas fábricas donde trabajadores “libres” (¿?)
producen más a un menor costo de mantenimiento. En síntesis, la tesis de
Pena y Estructura Social plantea que habría una especie de sistema de bandas,
entre las cuales tendrían que oscilar las condiciones de vida en las cárceles.
“El límite superior estaba determinado
por la necesidad de que dichas condiciones fueran inferiores al nivel de las
clases más bajas de la población libre. El limite más bajo era determinado por
los requisitos mínimos de salud” (Ibid., p. 127). En criollo, que
no se mueran pero que tampoco vivan mejor que un laburante, el de más baja
calaña.
Mucho
de lo que discuto hace años en este blog pasa por este lugar precisamente. Por
pensar que la cárcel, siendo el único sistema de castigo disponible, deja mucho
terreno baldío sin controlar. Otro autor con el que me topé en este primer año
de Maestría es el tano Massimo Pavarini. Él habla, en Un Arte Abyecto (2006),
de “hegemonía utilitarista de la pena”
(p. 111). Y es cierto que la pena carcelaria y el sistema de castigo en general
y en extenso siempre se pensó en función de los resultados que tendría que
entregar. Si somos francos, ¿qué sentido tendría sostener un aparato
monumental, costoso y burocrático si no fuera apañados en la certeza, o en la
esperanza al menos, de que con él habremos mejorado algo? Los reformadores del
siglo XVIII que introdujeron el principio de humanización de las penas para
dejar de castigar los cuerpos y empezar a castigar las almas, en un claro
objetivo resocializador, se inspiraron en este utilitarismo. La pena carcelaria
tenía que servir para reformar y resocializar al delincuente. Así se plasmó en
su carta orgánica. Luego esto no sólo no sucedió sino que pareciéramos ir en la
dirección contraria, pero ese es otro debate.
Aquí
lo que me interesa plantear es que cuando, por lo menos yo, hablo en
términos de “la eficiencia del sistema carcelario”, no lo hago en función de
clamar por un recrudecimiento de las penas actuales, sino en función de
intentar comprender cómo podemos hacer para, efectivamente y sin demagogia,
trabajar en la prevención del crimen. ¿Cómo apalancamos la disuasión,
dónde la atornillamos? Ya vimos que la teoría de Rusche y Kirchheimer de
principios de siglo XX es buena pero no alcanza hoy para explicar a esos padres
que asesinan a sus propios hijos en el interior de su hogar para, en el mejor
de los casos, ir a habitar una celda mugrienta y deporable. Eligen el camino
del asesinato, racional y apasionadamente al mismo tiempo, a pesar de que no
hay en ellos ningún esquema de pensamiento lógico utilitario que indique que
ese acto es conveniente por ningún motivo. Y, sin embargo, se lanzan al crimen
sin paracaídas. Ya dijimos mil veces que no hay una epidemia de locura. Incluso
cuando, en el peor de los casos, se saltean la pena, suicidándose.
Desde
un lugar ausente de prejuicios, con aspiraciones científicas, me propongo
pensar, si es siquiera posible prevenir los crímenes intra hogar, cómo se
podría trabajar en el esclarecimiento de las señales de alama al estilo de lo
ya elaborado para el fenómeno del suicidio, cómo se podría llegar a los focos
de peligro, desde nuestras instituciones y desde cuáles específicamente. A todo
esto me refiero cuando digo que “la cárcel ya no da miedo”. No previene el
crimen, no le hace ni un poquito de fuerza.
Massimo
Pavarini cita en su texto previamente referido a Lévi-Strauss (1960):
“Desde un punto de
vista externo las sociedades parecen tomar dos actitudes opuestas frente a
quién es advertido como peligroso: desarrollan una actitud caníbal,
tratando de fagocitar a quién es advertido en términos de hostilidad, con la
esperanza de neutralizar así su peligrosidad por medio de la inclusión en el
cuerpo social; o exasperando las prácticas de verdadero y propio repudio
antropoémico, vomitando fuera de sí todo aquello que socialmente es advertido
como extraño (Pavarini, 2006, p. 122).
Es
interesante pensar sobre esto porque tiene que ver precisamente con cómo nos
paramos frente a este problema, nuestro problema. ¿Qué hacemos con los desviados?
En primer lugar, habrá que clasificarlos porque no es lo mismo un ladrón que un
violador, un estafador que un asesino, un narcotraficante que un corrupto.
Ciertamente, las posibilidades reales de “reinserción” en los términos que
la sociedad pretende están más cerca de unos que de otros, de acuerdo al tipo
de desviación que presenten. Un violador llevará mucho más trabajo y
recursos que un ladrón que robó para cubrir una necesidad económica. Las
motivaciones difieren. En uno hay perversión, en el otro necesidad. Hay mucho
margen para trabajar en aquellos delitos asociados directamente a cuestiones
macro estructurales. Por el contrario, los delitos que no tienen una lógica
utilitarista (es decir, que no se cometen para lograr algo, un objetivo) sino
que proceden de emociones bajas regurgitantes varias, requerirán mucho mayor
desarrollo, no sólo en diagnóstico sino en tratamiento.
Ahora
bien, más allá de esta cuestión administrativa, lo que Lévi-Strauss refiere en
ese pasaje citado por Pavarini es que tenemos dos caminos posibles: fagocitar
a nuestros monstruos, o vomitarlos.
Y, en este sentido, y como cierre y reflexión final quisiera traer unas
palabras que leí hace un tiempo en un medio local del lugar en el que vivo, que
es un pequeño pueblo de la provincia de Neuquén. Un médico con varios años de
profesión relataba la diferencia que encontraba entre cómo era ejercer su
profesión hace varios años y cómo lo es ahora. “Antes la medicina era más simple, hoy se nos complicó”,
dice el doctor. Y cuenta que, a mediados de la década del 70, no se registraban
tantos casos de adicciones. Al clásico alcoholismo se han sumado adicciones por
drogas, juegos, celular “y otras adicciones
conductuales”.
“Antes era más fácil ser médico. Había protocolos claros y
problemas más concretos: una neumonía, una infección urinaria, una apendicitis.
Hoy se presentan situaciones que no sabemos resolver del todo, porque involucran
factores familiares, culturales y sociales. Nos pasa a nosotros en salud y
también a otros sectores: le pasa a la maestra que recibe a un niño golpeado, a
los trabajadores sociales, a las instituciones que no saben adónde derivar”.
El
diagnóstico del doctor es que la única forma de avanzar frente a esta
problemática actual por demás compleja, que involucra personas desbordadas en
distintos ámbitos, es trabajar en comunidad. Crear lazos sociales que articulen
a los profesionales con las instituciones que pueden dar alojamiento y
tratamiento a estas problemáticas complejas y profundas, en conjunto con la
comunidad. Y me acordaba de cuando se planteó aquí también la idea de combatir
el crimen con la misma lógica con la que se lucha contra el suicidio:
juntos. Haciéndonos cargo de lo que nos pasa. Tomando los índices de aumento de
crímenes intra hogar como síntomas de un cuerpo social enfermo que pide ayuda. En
esta cadena que somos todos, siempre se rompe el eslabón más débil.

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