Monsieur Pelicot y su torpe imitador

 

“Un himno a la vida”. Así tituló Gisele Pelicot su autobiografía. La mujer de la eterna sonrisa, que se opone a que la reduzcan a un cuerpo torturado y humillado, que busca que la vergüenza cambie de lado y tiña la cara de sus abusadores. Se habrán enterado de este caso por demás atípico y bisagra. En Francia, en un tranquilo pueblo de campo, una casa donde residía un matrimonio jubilado de 70 años se convertía, por las noches, en el escenario de rituales sexuales obscenos que traspasaban todo límite, por lo menos conocido hasta el momento.

Dominique Pelicot, un hombre a simple vista normal, padre, abuelo, esposo. Vecino. Amigo. Electricista retirado. Había tenido (¿cuándo no?) una infancia complicada, hijo de un padre abusador, una madre sumisa y un hermano mayor que seguía los pasos del padre. Él mismo, claro, había sido abusado en su infancia. El padre lo golpeaba severamente, abusaba de su madre, tenía relaciones con su hermanastra (una niña con discapacidad mental que adoptaron de los servicios sociales). Una joyita. Cuando muere su madre, Dominique destraba un recuerdo, hundido en lo más profundo de su inconsciente: en algún momento, cuando tenía alrededor de 11 años, había estado una noche internado en el hospital por un problema de salud y despertó porque algo lo ahogaba. Era el pene de un enfermero que abusaba de él, mientras estaba inconsciente, dormido. Por supuesto que todos estos antecedentes decantan en una personalidad traumada, enferma, desesperadamente angustiada que, aunque se esfuerce por ser feliz, no puede olvidar, sencillamente no puede destruir, aquello que lo destruyó a él. Esto no equivale a justificar sus propias acciones de abuso, pero sí ayuda a comprenderlas.

El libro de Gisele lo devoré en apenas una tarde. Son relatos de primera mano, reales, verídicos, aterradoramente cercanos. Siempre digo que lo más interesante sería leerlo a él. A Monsieur Pelicot, como al día de hoy le sigue diciendo su ex mujer, la que se niega a aceptar que su matrimonio fue una farsa, que todo fue mentira. Por eso le dice señor, aunque de señor no tenga nada. Porque mientras estuvo consciente, el 80% de su vida, vivió una vida feliz, normal, llena de hijos, nietos, viajes, desayunos tranquilos y tantas cosas más. Ella no quiere que le quiten eso. “Si me arrebatan los cincuenta últimos años de mi vida, yo no había existido. Estaba muerta”, dice Gisele (p. 230).

El protagonista de la historia es el que cruza los límites, el que va más allá de lo decible, de lo pensable y de lo alguna vez hecho. Por eso las voces que más me interesa escuchar son las de Monsieur Pelicot, Jeffrey Dahmer, Josef Fritzl. Pero claro, ellos no escriben autobiografías, ninguna editorial quiere publicarlos, nadie quiere oírlos. Yo sí. Me encantaría. De hecho, en el libro de Gisele tenemos dos declaraciones de Dominique en juicio que son las más potables de todo el libro, no tienen desperdicio. Ya volveremos sobre eso.

Vayamos a los hechos y a pensar algunas vinculaciones con el caso del monstruo de Austria. Durante 10 años, Dominique violó y ofreció el cuerpo inconsciente de su mujer a por lo menos 50 extraños para que la agredieran sexualmente dentro de su propio hogar. En total, se calcula alrededor de 200 violaciones perpretradas sobre el cuerpo de Gisele, a lo que se suman los efectos de las drogas que le suministraba su esposo sin que ella se diera cuenta y para garantizar el estado de total sumisión. “Sin su conocimiento” era el título del espacio virtual donde Dominique promocionaba un encuentro único y estimulante con su insconciente esposa. Estamos hablando de una historia de perversión por supuesto pero, fundamentalmente, de posesión, dominación y control. Dominique consideraba a Gisele su propiedad privada y, desde ese presupuesto, la ofrecía en una especie de compra-venta sádica. Recuerden a Josef. Él gestó a una hija de su propia sangre para someterla durante décadas en un sótano que él mismo construyó para garantizarse un espacio privado donde dar rienda suelta a sus pasiones prohibidas. Mi hipótesis es que ese espacio privado, el del hogar familiar, está en el centro de estos ¿nuevos? crímenes intra hogar, es el elemento que unifica y funciona como condición de posibilidad para el horror. 

Sigamos. Tanto Josef como Dominique son descubiertos por un hecho fortuito que se escapa de su férreo control: Josef debe deshacerse de un hijo-nieto muerto y Dominique se equivoca filmando mujeres por debajo de la falda en un supermercado y es captado in fraganti por la policía. Ambos hombres poseen a la mujer objeto de su lujuria: Josef a su hija, Dominique a su esposa. Desde ese lugar de poseedores, disponen de sus cuerpos para su propio goce infinito.

“Durante ese mes de octubre (de 2020) las violaciones fueron mas frecuentes. Sin duda sabía que eran las últimas. Sabía que en cuanto cruzara la puerta de la comisaría, el 2 de noviembre, no saldría en libertad. Yo era el juguete de sus salvajes fantasías por ultima vez” (p. 67). “Yo era su droga” (p. 160), relata Gisele en su libro. Efectivamente, cuando la policía detiene a Dominique por la causa de las faldas, al ingresar en su teléfono celular, se destapa todo el caso de abuso a su esposa. Fíjense cómo el abusador no puede soltar su adicción. Sabía que se le acababa la fiesta y quería una especie de despedida, de souvenir para el recuerdo, para todos los años que le quedaran por vivir sin ese aliciente, fuente inagotable de placer y diversión. “Señor Pelicot, ¿no mira los videos? – le pregunto un día el juez que presidía el tribunal. No, temo que todavía me proporcionen placer. Tengo que seguir trabajando con los psicólogos para distanciarme de ellos” (p. 221). Esto declaró Monsieur Pelicot en el juicio en su contra. ¿Ustedes entienden el nivel de goce subliminal que tienen que sentir estos sujetos para, aun sabiendo que está mal, que dañan a las personas que aman, no puedan parar? Es un terreno más allá de lo social, como una frontera que, una vez cruzada, no tuviera retorno. Es importante recalcar, una y otra vez, que sujetos como Fritzl y Pelicot son perversos y sádicos, entre tantas otras cosas, pero no son enfermos mentales en términos de una patología psiquiátrica de tipo psicótica que pudiera considerarlos inimputables. Es decir, ambos son conscientes de sus delitos mientras los cometen. Por eso son noticia, y por eso son tan interesantes a nivel sociológico.

“Vivimos juntos 50 años. Durante 40 fui intachable, y durante 10, miserable. Después de 40 años ella confiaba en mi, no veía al diablo que tenia delante. Hice todo lo posible para que no viera nada” (p. 247). Esta es la otra perlita de Dominique. Incluso una bestia como aquella en la que se convertía por las noches, cuando ni su esposa ni sus hijos ni nadie de la sociedad lo veía, y estaba solo en presencia y compañía de otros seres como él, pensaba y se preocupaba por cumplir con la mayor prueba de amor que podía ofrecer, que tenía a su disposición ofrendar, que era que ella, su amor, no supiera nada. Que no tuviera consciencia. No sólo para alimentar el morbo del “sin su conocimiento”, sino para garantizar la continuidad de la fiesta y el nulo impacto en la conciencia, vida y sentimientos de su esposa. De hecho, creo que si Gisele puede estar entera hoy y afrontar el horror de lo que le pasó a su cuerpo con esa entereza y con su sonrisa y orgullo intacto fue porque ella no estaba ahí, su alma no estaba ahí. No hay huella ni recuerdo consciente. Nunca se despertó durante un ataque sexual para descubrirse siendo abusada, rompiendo su psiquis en mil pedazos, como le pasó a Dominique de niño. Eso fue lo único de lo que pudo preservarla su perverso esposo.

El juicio Pelicot acaparó las primeras planas de los medios de todo el mundo. Fue un suceso único, inédito, que llegó a su desenlace con la obvia condena de los acusados en el año 2024. ¿Pensaron que quedaba ahí? Pues claro que no. Como se plantea en este blog, cada nuevo verosímil aplicado al crimen sube la vara, habilitando no sólo su imitación de método sino su lisa y llana reproducción. En Austria, este año, un torpe imitador, denominado por la prensa como “Pelicot 2.0”, se sintió evidentemente inspirado por Monsieur Pelicot y decidió montar su propia experiencia de abuso conyugal. Digo torpe poque apenas un par de sesiones luego de iniciado el experimento tuvo que llamar a la policía para reportar el cadáver de su esposa, desangrado en un asqueroso colchón de agua, y alegó que sucedió durante un episodio de “sexo duro”, con él claro. Poco tardó la policía en detectar una serie de anormalidades y encontrar los chats donde Robert Aichinger ofrecía a su esposa como “carne muerta” (dead meat). No había, como Dominique, explorado con detalle y cautela las drogas aptas para dejar insconciente a su esposa, para que ella no registre nada al día siguiente, para que no se de cuenta del horror que había sufrido su cuerpo. Era una materia pendiente. Robert, el torpe imitador, emborrachaba a su esposa y si atinaba a gritar o defenderse durante el ataque sexual de su vecino, introducido por su esposo en la casa, simplemente la desmayaba de una trompada. No sólo eso, sino que había innovado en el método, incorporando un elemento que Dominique no había explotado. Robert pensó en cobrar un alquiler por el cuerpo muerto de su esposa; después de todo, semejante experiencia de goce y perversión debía tener un precio. Jimmy, el asqueroso vecino que pagaba 500 euros por sesión, le agradecía a Robert por “permitirle usar a su esposa”. Con toda esta nueva información se encontraron los investigadores del caso Pelicot 2.0.

Un vecino de la pareja declaró a los medios austríacos: "No podíamos creerlo cuando se conocieron los detalles; parecían una pareja normal, no teníamos ni idea de lo que ocurría tras la puerta principal. Todos estamos conmocionados, este es un lugar tan tranquilo”. La tranquilidad del lugar no es sinónimo de lo que puede ocurrir puertas adentro de un hogar familiar, un terreno exclusivamente privado donde ciertos sujetos se arrogan el derecho de disponer de cuerpos emparentados por filiación o por convivencia. Pasa con los abusos sexuales pero también con los golpes y la violencia ejercida entre cónyuges o de padres hacia niños menores.

Una experta en perfiles criminales decláro sobre Robert Aichinger: “El presunto autor parece haber llevado una doble vida psicológica, asumiendo dos roles diferentes: por un lado, el de un padre y esposo discreto, y por otro, el de un torturador. Ese rol le permitió dar rienda suelta a su lado malvado”. Ese lado malvado, que todos tenemos, es el que está desatado. Es el que se permite salir a jugar, sin miedo, porque otros ya salieron, ya lo hicieron. A eso me refiero con verosímiles en torno al crimen: suben la vara, sientan precedentes, habilitan a nuevos ofensores, son la jurisprudencia de los nuevos crímenes. Y son mediatizados. Son, también, un método y un modelo a copiar, una receta a seguir, aunque sea torpemente como el Pelicot 2.0 de Austria.


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