¿Qué pasó en ese hogar?
Un día de semana cualquiera, mientras trabajo escucho de fondo el noticiero de la tele. Un cronista, en una escena de crimen, pregunta retóricamente: ¿Qué pasó en ese hogar? Esa pregunta es la que motiva este blog desde el año 2022. ¿Qué está pasando en los hogares familiares en los cuales mueren salvajemente las presas más débiles (niños y ancianos) a manos de sus supuestos seres queridos? ¿Qué está pasando detrás de los muros que se supone deben cobijar familias unidas por lazos de amor y, sin embargo, son testigos mudos de los crímenes más crueles y despiadados? Donde no hay móviles racionales ni utilitarios -no son crímenes en ocasión de robo, donde el que te roba y te quita la vida es un perfecto desconocido-, sino la más escalofriante sinrazón.
Eso mismo, o un poco menos quizás, se preguntaba el cronista en la casa de Escobar en la que un adolescente de 16 años resultó asesinado a puñaladas por su padastro. Rápidamente salieron las voces de la razón a poner un poco de calma y sentido: el chico defendió a la madre que estaba siendo agredida por su pareja y, como consecuencia de eso, terminó resultando herido. Poco importa el contexto, las circunstancias próximas que intentan explicar el hecho, lo único cierto es que “ el chico mantuvo una discusión con su padrastro, que escaló rápidamente y, poco después, fue apuñalado ”. Esos son los hechos irrefutables, con eso tenemos que trabajar. Y no son hechos aislados, se enmarcan en una secuencia que humildemente vengo trazando hace ya cuatro años: crímenes intra hogar, el más fuerte frente al más débil, actuando sobre seguro, en un rapto de furia o desesperación, sin ninguna posibilidad de intervención a tiempo de ninguna institución social. Este es el género que se está perfilando. Si van para atrás en el blog, podrán ver una serie detallada de los casos más resonantes de los últimos años y sus marcadas coincidencias en forma de patrón.
Veamos
qué tenemos ahora, qué casos nuevos se suman y con qué ingredientes. En primer
lugar, yendo en forma cronológica, tenemos el crimen de Escobar el 16 de enero.
“Fue un caso de violencia intrafamiliar”,
dice la nota
de La Nación. “El padrastro lo mata apuñalándolo y
luego se autolesiona. Lo que manifiesta es que se autolesiona porque toma
conciencia de lo que hizo”. ¿Se acuerdan de este
otro caso? Siempre lo vuelvo a citar porque para mí es como un estereotipo
perfecto. Una discusión de tránsito acalorada; uno de los dos, el que se
termina convirtiendo en asesino, recuerda que tiene el cuchillo de camping en
el auto, lo busca y lo clava en el corazón del otro. Asustado, escapa, pero
vuelve cuando toma conciencia de lo que hizo. No importa el contexto, no importa
el motivo, lo que tenemos, como bien relata la nota de TN, es una discusión que
“escala rápidamente” y termina con un crimen. Es esa falta de contención de impulsos
ancestrales, atávicos, salvajes, que no están pudiendo reprimirse. La conciencia
llega, aplasta la culpa, pero post crimen. Cuando ya hay un baño de sangre y no
hay vuelta atrás. ¿Qué es lo que está pasando con tantos de nosotros que no
pueden contenerse en una situación, cualquiera ella sea, de tensión?
El
automovilista cordobés volvió, se entregó a la policía y cumple su condena, que
condenó el resto de su vida. Si hubiera podido contener esa furia, si tan sólo
no hubiera tomado ese cuchillo. Mismo cuchillo que probablemente tomó el
padrastro de la mesa familiar de Escobar para clavárselo a Juan Cruz. El mismo
que luego usó para acuchillarse a sí mismo cuando se dio cuenta de que se había
convertido en un asesino.
Ustedes
dirán, ¿por qué comparar un crimen intra hogar con un crimen en la vía pública
entre dos extraños? Porque la mecánica es la misma, sólo que los intra hogar
están teniendo un poco más de incidencia y muestran, por lo general, más dosis
de crueldad. Pero, en esencia, lo que se observa es una falta de control o,
mejor dicho, de auto-control por parte de una persona, que puede ser
cualquiera de nosotros, que en un determinando momento, totalmente imprevisto,
cruza la línea que lo separa para siempre de su anterior yo. Se convierte en
asesino. Mata a la primera y probablemente última persona que va a matar en su
vida. Es un asesino amateur,
con escasa o nula planificación, sin destreza, que toma lo que tiene a la mano
para dar muerte a un otro que se exhibe frente a él, irresistiblemente. Así
pasó con Fernando Baéz Sosa (vía pública) y con Lucio Dupuy (intra hogar).
En
la nota
de Infobae del crimen de Escobar se conecta el crimen con otro reciente: la
mamá de 41 años que reservó un coqueto hotel de Recoleta para alojarse con su
hijo de 7 años por una noche, para asesinarlo y suicidarse. El conserje, al
ingresar a la habitación, se encontró con ambos cuerpos en la bañera, jeringas
y un bisturí. No había carta suicida. Esta mamá bien podría encuadrarse en los
otros 5 asesinatos de madres (y un padre) en lo que va del año, al menos
los que trascendieron. No es una simple cronología, titulé. Y no, no lo es. Hay
un patrón.
Veamos
el otro caso que conmocionó la opinión pública recientemente: los
pibes de 14 años que hicieron una orgía, se filmaron, uno de ellos lo
difundió y entonces grabaron otro video, esta vez una orgía de asesinato en
manada. Esto es sadismo y perversión adolescente. Menos frecuente pero hace
poco tuvimos un
caso bastante morboso en Santa Fe, donde violaron en manada a un nenito de
7 años. Como podrán ver, los crímenes que más nos interpelan y donde más
tendríamos que empezar a poner toda nuestra atención no son los crímenes en
ocasión de inseguridad, aquellos históricamente determinados, que seguirán
existiendo siempre. Esos ya tienen explicación y, si se quiere también, solución
a largo plazo. Para los que no tenemos solución -de hecho, ni siquiera tenemos
diagnóstico-, es para los crímenes más peligrosos, según
Foucault: los crímenes sin razón, aquellos que no podemos encuadrar en un
esquema racional judicial doloso/culposo. ¿Por qué lo mató? ¿Por una discusión?
¿Quería matarlo? ¿Está loco? ¿Es imputable? Todas preguntas que desvelan a los
juristas, a los psiquiatras forenses y, desde ya, a la audiciencia que empieza
a ver, semana tras semana, cómo “la locura” se apodera del discurso, y de la
acción.

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