Los ricoteros también votaron a Milei

 


Amo mi país. Nunca deja de sorprenderme. Es difícil aburrirte en este paraje del sur del mundo repleto de seres de otro planeta. Somos, sin ser plenamente conscientes, un pueblo denso, rico, probablemente uno de los últimos refugios donde aún se esconde lo colectivo, temeroso de que vengan a silenciarlo. A enterrarlo para siempre en la cárcel del individualismo.

El viernes 5 de junio falleció a sus 77 años Carlos “El Indio” Solari, el líder de la mítica banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. De música no sé nada así que este post no apunta a ese ángulo de la información. A mí me interesa el fenómeno social activado -o desactivado, mejor dicho- por la muerte del cantante. 10 kilómetros de cola, 1 millón de personas. Su despedida superó en magnitud a la de la amada Eva Perón, a la de su esposo, el General Perón, e incluso a la del máximo ídolo futbolero en plena pandemia de Covid en 2020: Diego Armando Maradona. Los canales de noticias transmiten en vivo las 24 horas, los movileros hablan con la gente, recopilan sus anécdotas, ponen el micrófono al llanto, a los recuerdos. Se convocan sociólogos para tratar de entender este fenómeno popular tan nuestro y que sólo algunos ven con lupa cual germen extraño no reconocido.

¿Saben quién no la vio? El gobierno de Milei. Atrapado en sus fobias ideológicas se perdió una oportunidad única de gestionar un evento importante para gran parte de su electorado, ese que necesita que lo vuelva a votar el año que viene. Sí, porque lo paradójico de esta escena carnavalesca y confusa es que, si hacemos cuentas, como les dije en 2024 respecto de los estudiantes , es muy probable que muchos de los ricoteros adoradores de letras musicales embebidas en la más fabulosa y poética conciencia de clase, hayan votado a Milei. No tengo pruebas pero tampoco dudas.

No se trata de culpar o señalar con el dedo. Lo importante de esta olla que destapó la muerte de su ídolo es que quienes hayan votado por su verdugo, no vuelvan a hacerlo. Si fue distracción, anomia, hastío, curiosidad por “lo nuevo”, nada de eso importa ya porque la posibilidad que se abre, luego de estos 3 años fatídicos, es que volvamos a valorar aquello que nos invitaron a rechazar: el ser argentino. Ese ser pegajoso, fiestero, auténtico, calentón, amiguero y, por sobre todas las cosas, solidario. Ese que no odia ni culpa al de al lado por la inflación. Ese que no se fija si su vecino cobra un plan, una asistencia social o simple limosna. Es ese tipo o esa tipa que va para adelante y que siempre pero siempre tiene tiempo para la juntada. Para el mate, asado, fernet, factura, completá con lo que te guste. Nunca se trata de la comida, sino de la compañía.

Y sino pregúntaselo a los cientos de miles de ricoteros que fueron a despedir en banda a su ídolo. Porque las misas, como ellos llamaban a sus rituales, nada tenían que ver con una cuestión individual sino, esencialmente, con la experiencia compartida. Escuchen los relatos de los que lloran y recuerdan al Indio: siempre hablan de cómo los hacían sentir sus canciones, que los hacían sentirse “menos solos”, dicen. El recuerdo del Indio tiene que ver con compartir el álbum, el recital, la misa, con el padre, el abuelo, el amigo, el tío, los pibes del barrio, etc. Lo colectivo.

En el posteo de marzo de 2024, cuando estaba desconsolada porque había ganado el loco de la motosierra, y me fui a la facu a escucharlo a Forster, él dijo algo que bien se puede aplicar a lo que estamos viviendo hoy como sociedad. Dijo algo así como que “los pueblos siempre encuentran el modo de resistir, aunque los opresores perfeccionen sus técnicas”. Y pienso que el velorio colectivo de un ídolo popular, en este contexto particular y no en otro, tiene mucho de significativo y representa una antesala de las próximas luchas que vendrán por recuperar los espacios simbólicos que nos han quitado. Pero, sobre todo, creo que es una oportunidad para recuperar el orgullo por ser argentino.

Nuestro presidente se coloca la escarapela isaraelí y va seguido a llorar al muro de los lamentos. No recorre el interior, no dialoga con los ciudadanos, mucho menos con los periodistas a quienes insulta a diario. Viaja constantemente a Estados Unidos y a otros países a participar de eventos que en nada se justifican en términos de su agenda como funcionario público. Se codea con grupos extremistas de derecha que le otorgan premios y reconocimientos de dudosa legitimidad. Y todo esto lo hace frente a nuestros impávidos ojos, que se lo permitimos. Los que lo votaron y los que no. Pienso que los estudiantes, los jubilados, las feministas, los discapacitados, los docentes y los ricoteros que lo votaron tuvieron ya bastante tiempo para arrepentirse profundamente de ese voto errático, equivocado, definitivamente el último arrojado sin demasiada reflexión. No volverá a pasar y eso lo sé, o empiezo a saberlo, por las ganas de salir a la calle todo el tiempo a decir BASTA. Los jubilados, las feministas, los trabajadores, los docentes, encuentran cada vez más ocasiones para salir a expresarse, juntos. Porque eso es lo colectivo y esa es justamente la única fuerza capaz de enfrentarse al poder.

Por ahí leí en Twitter que hoy empieza a irse Milei y ese comentario, tan atinado, tan al blanco, me reconfortó el alma. Mira si la última misa ricotera deja como saldo el fin de un gobierno neoliberal cruel y despiadado con los de abajo, esos que rechinan vasos y marchan sin cansancio para bailar y poguear juntos. Con el viejo, con el tío, con los amigos. Mi nuevo héroe será la Gran Bestia Pop.

No hay nada más personal que duelar a los muertos. Ya lo explicó Bajtín, ya lo analizó Levi Strauss. El ritual de la muerte es uno de los pocos momentos de conexión con nuestra humanidad y es siempre y en todo lugar una respuesta cultural adaptada y única. No se duela igual en Ghana que en Argentina. Ahí se juega la identidad cultural y la historia de cada pueblo. Puede ser un velorio o una fiesta, una misa o un banquete, depende de dónde te sitúes en el mapa. Y creo que acá, en Argentina, el duelo del Indio marca el nacimiento de una bestia dormida, sedada, anestiada a pantallas, que empieza a recordar lo bello que es bailar y cantar juntos.

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