Sobre la eficacia en materia de prevención del delito
En el artículo anterior presentamos las obras La Educación Moral de Durkheim y Las estructurales elementales de la violencia, de Segato, para pensar en clave sociológica y antropológica las formas de combatir la violencia a través de la moral, ese sistema de reglas de acción que predeterminan la conducta. Ahora vamos a hablar de la eficacia en materia penal, también a partir de ambos autores. Evidentemente, la pena debe tener un fin utilitario, de otro modo no podría justificarse su mera existencia, mucho menos sus frondosos costos. Entonces, cuando decimos, en la bajada de este blog, que el sistema de castigo monopólico actual (es decir, la cárcel) dejó de ser eficiente para prevenir el crimen, estamos refiriéndonos justo a esta cuestión. Eficiencia y eficacia son términos sinónimos que tienen que ver con una cierta capacidad de entregar resultados satisfactorios en relación directa con los recursos empleados. Vale decir, si destinamos millones al mantenimiento de las cárceles y los resultados que ofrece el sistema penal no intervienen ni en la baja de los delitos en términos cuantitativos ni, consecuentemente, en la disuasión de nuevos delitos, ni mucho menos en los fines resocializadores -evidenciado en las altas tasas de reincidencia-, tenemos que decir que el sistema penal, tal cual funciona en la actualidad, es altamente ineficiente .
¿Qué sería entonces eficiente en términos de prevención o disuasión del delito? Veamos lo que dice Segato sobre la violencia moral:
" La violencia moral es el más eficiente de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades. Por su sutileza, su carácter difuso y su omnipresencia, su eficacia es máxima en el control de las categorías sociales subordinadas. En el universo de las relaciones de género, la violencia psicológica constituye el método más eficiente de subordinación e intimidación. La eficiencia de la violencia psicológica resulta de tres aspectos que la caracterizan: 1) su naturalización, 2) su justificación y 3) la falta de designación e identificación de la conducta”.
La autora lo plantea en relación a la dominación
patriarcal por sobre las mujeres concretamente. Pero a mí me interesa
reflexionar sobre el mecanismo práctico de control de conductas en términos
eficientes. Démoslo vuelta: así como la violencia moral, tal como la
describe la autora, resulta altamente eficiente en el logro de sus objetivos de
dominación y de control, en tanto logra camuflarse detrás de
su casi invisibilización; de la misma manera podemos pensar un sistema de
reglas coactivas de igual sutileza que opere mucho antes de la conducta que
termina con una condena penal. Es decir, para mí a esta altura es claro que el
sistema penal actual funciona en un nivel posterior a las conductas y no tiene
ninguna capacidad de actuar en materia preventiva. Antaño sí podía hacerlo.
Los sistemas punivitivos de la Edad Media eran altamente eficaces en la
prevención del delito porque actuaban fuertemente sobre el miedo a ser
condenado, a partir de la exhibición de las consecuencias que debía afrontar el
infractor (recuerden los suplicios). Hoy por hoy, el sistema penal moderno, que
ha abandonado el castigo físico como método de coerción, ya no cuenta con
demasiados argumentos para disuadir los diferentes delitos porque la cárcel
ya no da miedo. No se vive peor adentro que afuera. El principio de menor
elegibilidad de la teoría marxista tampoco funciona ni está disponible como
contrapeso. Las puertas de las cárceles se han vuelto giratorias en un teatro
de impunidad del cual la propia justica penal es cómplice.
En este escenario, creo que tenemos que plantear el
trabajo en prevención y disuasión del delito en tiempos mucho más pretéritos.
En un proyecto con vocación de largo plazo. Veamos este pasaje donde Segato
compara la violencia física -que en nuestro análisis se correspondería con la
pena de privación de la libertad-, con la violencia moral, nuevamente en
términos de eficiencia:
“Mientras
las consecuencias de la violencia física son generalmente evidentes y
denunciables, las consecuencias de la violencia moral no lo son. Es por esto
que, a pesar del sufrimiento y del daño evidente que la violencia física
causa a sus victimas, ello no constituye la forma más eficiente ni la más
habitual de reducir la autoestima, minar la autoconfianza y desestabilizar la
autonomía de las mujeres. La violencia moral, por su invisibilidad y
capilaridad, es la forma corriente y eficaz de subordinación y opresión
femenina, socialmente aceptada y validada. De difícil percepción y
representación por manifestarse casi siempre solapadamente, confundida en el
contexto de relaciones aparentemente afectuosas”.
A esta altura ya no podemos continuar sin
referenciar que la teoría que define y le da marco a este mecanismo sutil y
eficaz de dominación está inspirada en el concepto de hegemonía de Gramsci. La
hegemonía es lo contrario de la coerción física. Y es más eficiente. Su
eficiencia radica en la capacidad de “conseguir que una sociedad en su conjunto comparta un
denominado sentido común, (lo que) vuelve innecesario disciplinar o eliminar
físicamente a quienes expresan el cuestionamiento al orden vigente” (Vocabulario Crítico de la Ciencias de la
Comunicación, entrada hegemonía cultural, pág. 179). Pensémoslo así: los que
cuestionan el orden vigente son los infractores de las leyes, quienes se
disciplinan físicamente privándolos de su libertad mediante la pena de prisión.
En términos del análisis que planteamos en función del texto de Segato, este
método físico de violencia, que atenta contra los cuerpos, privándolos de su
libertad, sería menos eficiente que un sistema basado en el consentimiento
voluntario de los individuos a las normas morales dominantes. Es decir, a
su propia subordinación. Hay una diferencia fundamental: mientras Segato
critica este tipo de mecanismo porque permite la subordinación de las mujeres,
en este caso, esa autocoacción resultaría en un beneficio para toda la sociedad
por cuanto habría menos delitos y, en consecuencia, menos penas en ejercicio.
¿Qué dice Durkheim sobre la eficacia del castigo?
Humilla. “La
influencia profiláctica que se ha atribuido con tanta frecuencia a la pena se
ha exagerado mas allá de toda verdad. La función esencial de la pena no es la
de hacer expiar al culpable su falta haciéndosela sufrir, ni la de intimidar
por via conmitaria a sus posibles imitadores, sino la de tranquilizar a las
conciencias. No es la que da a la disciplina su autoridad, pero es la que
impide que la disciplina pierda esta autoridad, que las infracciones
cometidas la sustraerían progresivamente si quedaran impunes. Castigar no es
tortutar a otro en su cuerpo o en su alma; es, frente a la falta, afirmar la
regla que la falta ha negado. Es la censura aplicada a su conducta la que
es únicamente reparadora. El sufrimiento, que constituiría la
totalidad de la pena, si ésta tuviera por función principal intimidar o hacer
expiar, es pues en realidad un elemento secundario que puede hasta fracasar
totalmente”. Y así fracasa el sistema
penal contemporáneo, porque está basado en la coerción física, la menos
eficiente de las estrategias de control. Apelar a un modelo de dominación
hegemónica, más sutil y más eficaz, es un trabajo arduo, de larga trayectoria
pero con resultados sólidos. Ya veremos lo que propone Durkheim para tal
cometido.
Pero antes, un poco más de contenido sobre la moral
como mecanismo eficaz de autocontrol a nivel individual y social. “Cuando nos encontramos contenidos
por la disciplina moral es, en realidad, la sociedad la que nos contiene y nos
limita. El deber es la moral en tanto que ordena y prohíbe; es la moral severa
y ruda, de las prescripciones coercitivas; es la consigna que debe ser
obedecida. El individuo no se contiene más que si se siente contenido, si se ve
en frente de fuerzas morales que respeta y a las cuales no se atreve a
violentar. No sintiéndose detenido por nada, se deshace en violencias, lo mismo
que el déspota a quien no se opone nada”. Durkheim afirma que en épocas de crisis es cuando se debilita el
espíritu de disciplina, socavando la autoridad que reside en las reglas
morales. El resultado de este proceso es una marcada ineficacia de la moral
para conducir y contener las conductas sociales. Una especie de estado de
anomia.
¿Cómo se revierte esta crisis de falta de normas
producto de la falta de autoridad social? Durkheim pone la vara muy alta: “La regla no debe ser aceptada
simplemente con una resignada docilidad, sino que merece ser estimada. La moral
no consiste en cumplir simplemente, incluso intencionalmente ciertos y
determinados actos; es necesario también que la regla que prescribe esos actos
sea libremente deseada, es decir, libremente aceptada. Para actuar moralmente,
no basta respetar la disciplina, estar adherido a un grupo; es necesario
también que sea acatando la regla, sea entregándonos a un ideal colectivo,
tengamos también conciencia de las razones de nuestra conducta”. Entonces: estima, convicción e ideales en la
aceptación del sistema de reglas morales que prescribirá nuestro acontecer
social. No se trata de ser simples autómatas sin conciencia, o esclavos
coercionados contra nuestra voluntad. Tiene que ser una decisión consciente, en
la que creamos y que anhelemos para nuestro devenir colectivo.
Y ahora sí vamos a la parte práctica. ¿Dónde se
consigue esta maravilla? No debe sorprender que la respuesta sea la más
evidente: en el sistema escolar. “La
primera tarea de la educación moral es relacionar al niño con la sociedad”, afirma Durkheim. ¿En qué consiste esta relación?
En primer lugar, en la escuela se construye -o se debería construir- la idea de
lo colectivo. Mediante representaciones que podemos considerar rutinarias o
desprovistas de interés como los actos patrios escolares, se le enseña al niño
que forma parte de una nación, establecida en determinado territorio, con
determinadas características y costumbres, con una historia y una identidad
propias. Esta adhesión, en principio tácita, a un grupo social amplio como es
la patria tiene directa relación con lo que Durkheim denomina altruismo, que es
la cara opuesta, aunque complementaria, del egoísmo. Según el autor, esas dos
dimensiones están presentes en todos nosotros en distinta magnitud. Una
dosis de individualismo es por cierto necesaria pero también lo es, y sobre
todo para compensar el estadio de anomia, un fuerte componente de altruismo
entendido como la adhesión a ideales comunes. “No se trata de enriquecer el espíritu con una noción teórica.
Es necesario que el ciudadano tenga gusto por la vida colectiva. Pero este
gusto no puede adquirirse y sobre todo no puede adquirir una fuerza suficiente
para determinar la conducta más que por una práctica que sea todo lo continua
posible. Para gustar la vida en común, hasta el punto de no poder pasarse
sin ella, hay que haber adquirido el hábito de actuar y pensar en común”. Este hábito tan enriquecedor comienza en el
hogar familiar pero se consolida en la escuela, en la comunidad de pares.
Durkheim veía efectivamente en la escuela, y comparto, el único medio capaz de
conducirnos a un mejor destino social. “La escuela posee todo lo que hace falta para despertar en el
niño el espíritu de solidaridad, el sentido de la vida en grupo”. No es saberse la fecha patria, el evento
histórico, el nombre del prócer; es sentirse parte de esa historia común. Ese
sería un primer paso. El gusto por lo colectivo.
Luego, hay una cuestión que vuelve a conectar con
la idea de eficacia, pero a nivel educacional. Atención con esto: “Podemos obligar materialmente al
niño, desde fuera, a cumplir determinados actos; pero los resortes de su vida
interior se nos escaparán. Habrá amaestramiento pero no educación”. Nuevamente está esta idea de lo coactivo como la
forma menos eficiente de lograr resultados en el control de las conductas.
¿Cuál sería una forma más eficaz de coaccionar al niño, futuro ciudadano, para
que sea respetuoso de las normas morales? Recordemos que el objetivo de esta
reflexión siempre sigue siendo la prevención en materia de delito. Durkheim lo
explica así: “La
obediencia no es verdaderamente moral más que si es la traducción exterior de
un sentimiento interior de respeto. El temor al castigo es diferente del
respeto a la autoridad. No es de fuera, del temor que inspira, de donde el
maestro puede obtener su autoridad: es de él mismo. Si el niño cree en la
regla es porque cree en su maestro. La respeta porque su maestro la afirma como
respetable y la respeta él mismo”. Así,
la tarea del educador, del padre y de la sociedad toda, es de vital importancia
en la formación moral de los futuros ciudadanos e incide en el respeto que
otorgarán a las reglas comunes o no. Es mediante una sugestión positiva,
mediante el ejemplo y la invitación a hacer las cosas bien, con una observancia
crítica de las faltas y de su justo castigo como condicionaremos positiva y
eficazmente a las próximas generaciones. Haciendo uso de una hegemonía de
las normas morales como sentido y valor común compartido y fomentado. En un
nivel ideal, cuasi utópico. Suena un plan ambicioso, con perspectivas casi
nulas de éxito en función del estado actual de las sociedades contemporáneas,
pero vale la pena plantearlo porque en su simpleza reside, justamente, su
eficacia.
Por último, el papel del castigo en la educación
moral. Como decíamos en relación al sistema penal, la función de la pena es
afirmar la regla que la falta ha negado. En términos de Foucault, restaurar la
soberanía, el poder. Es necesario, dice Durkheim, que exista un lazo entre la
regla y el castigo que reprima la infracción de la regla. Sin embargo, “una clase bien disciplinada es una
clase donde se castiga poco”, dice.
¿Por qué? Simple, porque actúa el sistema más eficiente que mencionábamos
antes: la hegemonía. En oposición a un sistema coactivo de castigos, la
hegemonía en el ámbito escolar reside en el poder del docente de constituirse
en ejemplo y modelo para sus estudiantes. ¿Cómo lo hace? Mediante el respeto de
la norma, empezando por él, y mediante su propio ejemplo de conducta. Además,
es quien tiene la potestad y la obligación moral de castigar a quienes hayan
violado la norma. “Si el
maestro la deja violar sin intervenir, en la misma medida el alumno cesará de
creer en ella”.
Entonces, tenemos la necesidad de la pena o el
castigo en tanto restauración de la autoridad de la norma moral. Pero hay una
diferencia fundamental entre el temor al castigo, que actúa en el nivel de lo
coercitivo, y el respeto de la norma, que ubicaríamos en el ámbito más eficaz
de la hegemonía. “El respeto
de la disciplina no tiene su origen en el temor de las sanciones que reprimen
las violaciones de la regla. Porque la pena actúa desde fuera y sobre lo de
fuera no podría alcanzar a la vida moral en sus fuentes. Puede adiestrar al
niño mecánicamente para evitar ciertos actos; pero respecto a la inclinación
que le arrastra a proceder mal no puede producir una tendencia contraria que le
incline al bien”. De lo que deducimos que la forma más eficaz de
afianzar reglas morales que actúen en beneficio de todos nosotros en tanto
sociedad es apelar a este mecanismo sutil, trabajoso, costoso y temprano de la
educación. Un método empleado desde el inicio de la humanidad, en diferentes
ámbitos y contextos, y que en la actualidad debería reformarse o reforzarse
para cumplir con los objetivos sumamente importantes que su función implica.
Claro que primero tendríamos que atender que los docentes cobren un salario digno
y cuestiones materiales previas básicas. Pero ese es otro tema.
Cierro con una reflexión sobre la efectividad del castigo. Dice Durkheim que "todo castigo, una vez aplicado, pierde por el hecho mismo de su aplicación, una parte de su acción. No tiene toda su virtud más que cuando se encuentra simplemente en el estado de amenaza. Por esto el maestro experimentado duda en castigar a un buen alumno, aunque lo merezca. Porque el castigo solo puede contribuir a hacerle reincidente". Es clara la referencia al sistema penal en tanto sistema saturado y socavado en su autoridad pero, sobre todo, en su eficacia para contener el delito. Cuanto más castigamos, más reprobamos. Un plan integral que apunte a las bases mismas desde donde se construye colectivamente la hegemonía tendrá como certero resultado que la aplicación de las leyes se dirija a un terreno fértil que la educación ya habrá preparado y que tendrá al delito como una excepción, y no como la regla.

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