La moral como forma de combatir la violencia social

Me encontré leyendo, casi en paralelo, dos libros escritos con exactamente 100 años de diferencia: La educación moral de Durkheim, de 1903, apenas comenzado el siglo XX; y Las estructuras elementales de la violencia, de Rita Segato -antropóloga argentina radicada en Brasil-, de 2003, apenas comenzado el reciente siglo XXI. Un siglo en el medio de ambos autores y de ambos libros. Segato cita a Durkheim en su texto, de hecho, lo vuelve a traer porque ella, al igual que su antecesor, apela a la moral como mecanismo efectivo para combatir y prevenir la violencia social.

Pero, ¿qué es la moral? En tiempos actuales en los cuales se escuchan de boca del propio presidente de la Nación frases como “la moral como política de Estado”, intentando calificar su gobierno, ponderarlo por encima de otros, resulta interesante detenerse sobre el concepto, rastrearlo. De otro modo, correrá la misma suerte que el concepto de libertad, tan hermoso, tan diáfano, y tan asquerosamente bastardeado por el actual gobierno. Respecto de la moral, debemos preguntarnos, ¿cómo se puede hablar de moral en sentido altanero, chicaneando a los otros, sin poder luego justificar la cantidad de hechos de corrupción de sus propios funcionarios, que van en contra de la moral que dicen sostener? Con el concepto de libertad pasó algo parecido: lo sobregiraron tanto, en un uso redundante y chicloso, que terminaron vaciándolo de sentido hablando en nombre de la libertad al mismo tiempo que censuran a la prensa, restrigen el derecho a huelga, entre otros atropellos anti liberales.

Pero vayamos a las definiciones (por lo menos las que me interesa traer aquí, las sociológicas). Durkheim define la moral como “un sistema de reglas de acción que predeterminan la conducta. Dicen cómo se debe actuar en los casos dados, y actuar bien es obedecer bien. Consiste en una infinidad de reglas especiales, precisas y definidas, que fijan la conducta de los hombres para las diferentes situaciones que se presentan con mas frecuencia. La moral es un conjunto de reglas definidas. Estas reglas no tenemos que construirlas en el momento en que se necesita actuar, deduciéndolas de principios mas o menos elevados, sino que existen, están construidas, viven y funcionan a nuestro alrededor. Son la realidad moral en su forma concreta. El papel de la moral consiste en primer lugar en determinar la conducta, en fijarla, en sustraerla a la arbitrariedad individual”.

El lector avezado podrá notar dos cuestiones de esta definición. La primera y más evidente tiene que ver con un cierto determinismo al plantear que hay algo que pre-determina la conducta, y aquí la palabra clave es “determina”, como si se tratara de un esquema de causa y efecto. Y la segunda cuestión tiene que ver con lo temporal, y aquí la palabra -o prefijo- clave es “pre”. Es decir que la moral actúa antes de que suceda la acción. Durkheim lo desarrolla de la siguiente manera: “Mas allá de la segunda infancia, es decir, de la edad escolar, si las bases de la moral no se encuentran ya formadas, no lo estarán jamás. La educación moral en este momento completa la educación doméstica y se une a ella. Formar moralmente al niño no es despertar en él tal o cual virtud, sino desarrollar e incluso constituir en toda su amplitud con medios apropiados esas disposiciones generales que, una vez creadas, se diversifican fácilmente por sí mismas. Conducirse moralmente es actuar conforme a una norma que determina la conducta a seguir en cada caso. El dominio de la moral es el dominio del deber, y el deber es una acción prescrita”.

Por un lado, está el tiempo interviniendo directamente como condición previa, como antesala de la acción. La norma es previa. Esto quiere decir que cada nuevo individuo que se une a la sociedad mediante la educación y/o socialización primaria incorpora este sistema de reglas de acción que es la moral propiamente y que será el que guiará (o debería guiar) su comportamiento. Luego está el tiempo también interviniendo en la formación de disposiciones automáticas que funcionan por sí mismas, como dice Durkheim. Esta automatización, repetición sistemática, diacrónica, de reglas morales que no se vuelven a crear una y otra vez sui generis en cada acto sino que permanecen en estado de latencia para ser apropiadas por cada uno de nosotros al momento de tomar decisiones respecto de cómo obrar. En ese sentido, para llevarlo a un plano práctico, si yo sostengo que robar está mal y luego actúo lavando dinero, comprando bienes con activos no declarados, evidentemente no estoy actuando de acuerdo a la moral que pretendo invocar.

Pero hay una cuestión más interesante aún en la definición de Durkheim y que tiene que ver también con el tiempo. Él plantea una especie de ventana de tiempo luego de la cual habría un abismo, un fracaso social. El autor es categórico al afirmar que si las bases de la moral no se encuentran formadas en la edad escolar, no lo estarán jamás. Es decir, tenemos un determinado lapso de tiempo para hacer que los nuevos integrantes de la sociedad incorporen la moral como sistema de conducta, más allá del cual ya no será posible hacerlo. Hace un tiempo, pregunté retóricamente si no tendríamos que empezar a buscar en los procesos de socialización primarios la causa de los derbordes violentos de ciertos sujetos que no se explican por causas aparentes. Durkheim ya en 1903 lo afirmaba, en la sociedad de su época.

Sigamos un poco más con el texto de Durkheim. Para él, la regla se compone de dos elementos: 1) regularidad (el tiempo nuevamente), y 2) autoridad. “La moral no es un sistema de hábitos, es un sistema de mandatos”. Por supuesto que tenía que intervenir la coacción. No se trata de actuar bien por costumbre, como algo rutinario, despojado de obligación. Es una decisión, un camino tomado, que además debe ser consciente. Dice Durkheim que entre el gusto por la regularidad y el sentido de la autoridad moral, existe una noción más compleja que los abarca: es el espíritu de disciplina, que tiene por principal función regularizar la conducta. Así, continúa el autor, “es necesario que el individuo se halle constituido de manera que sea capaz de sentir la superioridad de las fuerzas morales e inclinarse ante ellas”. Personalmente me llama mucho la atención el uso de este tipo de verbos. En otro pasaje habla incluso de “doblegarse”. Pero si lo piensan, son verbos que describen muy gráficamente la acción a realizar. Uno se inclina(ba) ante un rey, en señal de total sumisión y respeto. Esto me recuerda, y me voy 70 años adelante en el siglo XX, al concepto de los “cuerpos dóciles” de Foucault. Al analizar el cambio de régimen del sistema de castigo antiguo por el moderno, Foucault decía lo siguiente sobre los cuerpos: “Cuerpo que se manipula, se da forma, se educa, que obedece, que responde, que se vuelve hábil. Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado. En toda sociedad, el cuerpo queda prendido en el interior de poderes muy ceñidos, que le imponen coacciones, interdicciones u obligaciones. A estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad, es a lo que se puede llamar las disciplinas”. Como vemos, el autor, también francés, retoma el concepto de disciplina para explicar el sistema de coacción, en el ámbito penal. Sin embargo, él también decía que esta disciplina que servía para fabricar cuerpos dóciles estaba presente, no sólo en las cárceles, sino también en las escuelas, en las fábricas, en los hospitales. De manera que este someterse a, inclinarse ante la regla tiene que ver con un modo de ser deseable o esperable.

Otro concepto interesante que aporta La educación moral de Durkheim y que va directo al hueso del análisis que pretendo en este blog respecto de los crímenes intra hogar es la idea de dique o barrera como función de la moral. “La moral es un vasto sistema de prohibiciones. Es decir que su objeto es limitar el circulo dentro del cual puede y debe moverse normalmente la actividad individual. El conjunto de reglas morales forma verdaderamente alrededor de cada hombre una especie de barrera ideal, al pie de la cual viene a morir el torrente de las pasiones humanas, sin poder avanzar mas allá. Así es que, si sobre un punto cualquiera llegara a flaquear esta barrera, por la brecha abierta se precipitarían tumultuosamente las fuerzas humanas hasta entonces contenidas; pero una vez desatadas no pueden encontrar valle donde detenerse. Impotentes para dominarse por haber franqueado todos los limites, determinarán un desencanto que se traducirá visiblemente en las estadísticas (en su época, hablaba de los suicidios). Se sobreexcitan y se vuelven febriles. La moral tiene por función limitar y contener”.

Esa es la función de un dique, ¿verdad? Limitar y contener. Así actuaría la moral como sistema de preceptos coactivos sobre nosotros: limitando nuestras pasiones y conteniendo nuestros posibles desbordes. “Las reglas morales son verdaderas fuerzas con las que vienen a chocar nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestros apetitos de todas clases, cuando tienden a ser inmoderadas. Las sentimos como fuerzas cada vez que tratamos de oponernos a ellas, porque nos ofrecen una resistencia de la que no siempre logramos salir victoriosos”. ¿Qué pasa con aquellos que sí logran vencer esta resistencia de la moral? En mi hipótesis, matan.

Durkheim define a aquel que no logra ser contenido por ninguna fuerza exterior como un déspota. Interesante porque Foucault va a retomar también esta noción para definir al criminal. Según el primer francés, “un déspota es como un niño, tiene sus mismas debilidades y por idénticas razones: es porque no es dueño de sí mismo. No se puede ser dueño de sí cuando se llevan dentro fuerzas que, por definición, no pueden dominarse. Cuando nuestras tendencias están liberadas de toda medida, cuando nada las limita, se vuelven tiránicas y su primer esclavo es el sujeto mismo que los experimenta. Ya hemos hablado en previas oportunidades de las características que hacen coincidir a los niños con los salvajes. Freud lo estudió y lo presentó como caso en Totem y Tabú. Tanto los niños como los salvajes actúan como déspotas en cuanto a que logran imponer su ley. Foucault, por su parte, en Los Anormales (1975), define al criminal como quien, “tras romper el pacto que ha suscripto, prefiere su interés a las leyes que rigen la sociedad a la que pertenece. Vuelve entonces al estado de naturaleza, porque ha roto el contrato primitivo. Como el crimen es, por lo tanto, una suerte de ruptura del pacto, afirmación, condición del interés personal en oposición a todos los demás, podrán ver que el crimen es esencialmente del orden del abuso de poder. En cierta forma, el criminal es siempre un pequeño déspota que hace valer su interés personal”. Todo esto nos sigue remitiendo a la idea de barrera o dique de la moral que describe Durkheim que, tanto los niños, como los salvajes, como los criminales, por distintos motivos, logran, al actuar como déspotas, vencer. O bien podría verse al revés, un poco como lo plantea Durkheim: que, en realidad, las primeras víctimas de estas fuerzas internas que se vuelven tiránicas y dejan al individuo sin capacidad de control, son los sujetos mismos que se convierten en esclavos de sus pasiones. Es por este motivo que, cuando tengo que analizar un crimen intra hogar, para mí la víctima de ese crimen es, a diferencia de lo que plantee el informe policial, el que mata. Porque es quien se soltó de las cadenas sociales que lo mantenían unido y contenido dentro de la moral. Él es el síntoma social, es la fiebre.

¿Qué se hace, entonces, doctores? Se apela a la moral para regular la conducta, para mantenerla dentro de la ley. Concretamente, el mecanismo, descripto por Durkheim, que cumple esa función es la disciplina. “La disciplina es la facultad de inhibición que permite detener nuestras pasiones, nuestros deseos, nuestros hábitos, y someterlos a la ley. Cuando las tendencias, los instintos y los deseos dominan sin contrapeso, cuando nuestra conducta depende solamente de la intensidad de aquéllos, ocurren esos bruscos cambios, esos tormentosos vendavales que se producen en los niños y en los primitivos, y que dispersan la voluntad, volviéndola contra ella misma. El dominio de sí mismo nos enseña a actuar de otro modo que bajo los impulsos interiores. Nos enseña a actuar con esfuerzo, puesto que no hay acción moral que no implique actuar contra alguna inclinación, sin que acallemos algún apetito, sin que moderemos alguna tendencia”.  Básicamente, actuar acorde a la ley y a la moral es costoso en términos de esfuerzo, en la medida en que tenemos que acallar nuestros deseos y pasiones más bajos, pero un costo que tiene sus beneficios. Muy bien lo dijo Durkheim, el que no se domina a sí mismo vive esclavizado. No hay libertad posible sin control de sí. En los siguientes posteos vamos a hablar de la función de la escuela y de cómo la educación es, aún hoy, prácticamente la única herramienta eficaz para combatir la violencia a largo plazo.

Pero me quedo con esta idea de conducta esforzada, mantenida a raya, porque en mi hipótesis justamente lo que pareciera estar fallando en los individuos que cometen crímenes sin razón es este esfuerzo por no dejarse vencer por las fuerzas interiores que le disputan su campo de acción a la moral. En limpio, esa madre, ese padre, que le revienta la cabeza a su nene de 4 años, como Ángel de Comodoro Rivadavia, por ejemplo, por citar un caso de esta semana, no es un psicópata que planificó esa muerte y lo hizo desde la total falta de empatía o desde el posible placer o morbo. Me resisto a pensar que hay una epidemia de salud mental. Sin dudas que está afectada, siempre que hay crisis económicas lo está, pero me parece, humildemente, que estos crímenes en particular son signos de un cambio de época, de una transición en la cual las placas que se mueven para dar paso a lo nuevo, arrastran a varios al abismo. Lo estamos viendo con los niños que llevan armas a la escuela, los que se escapan para suicidarse. Si Durkheim reviviera no sabría por dónde empezar a investigar, el escenario es realmente muy complejo. Pero sigo creyendo que hay una especie de hilo conductor que nos permitirá tirar de él para encontrar las causas en cambios sociales muy profundos, estructurales, sucediendo contemporáneamente.

Durkheim lo dijo también en su época: “La disciplina proporciona hábitos a la voluntad y le impone frenos. Regulariza y contiene. Si esta limitación necesaria llega a faltar, si las fuerzas morales que nos rodean no se encuentran ya en condiciones de contener y de moderar nuestros deseos, la actividad humana, al no estar ya retenida por nada, se pierde en el vacío”. Yo creo que no se pierde en el vacío, sino que desemboca en las estadísticas de crímenes sin razón que, desde mi punto de mi vista, engloban una variedad de tipologías, todas con el mismo denominador: crímenes intra familiares, femicidios, suicidios, crímenes en vía pública por motivos nimios. ¿Qué agregarían? Son todos episodios en los cuales muere un cuerpo que no debía morir y por causas que no entran en la explicación lógico-científica-judicial.

Cuando un pueblo ha llegado al estado de equilibrio y de madurez, el gusto por la regla y el orden predominan de un modo natural. En las épocas de transición y transformación, el espíritu de disciplina no es capaz de conservar su vigor moral, porque el sistema de las reglas en uso se ha quebrantado, por lo menos en algunas de sus partes. Es inevitable que en ese momento los espíritus sientan menos la autoridad de una disciplina que está realmente debilitada. Por consiguiente, es la necesidad de un objetivo al cual adherirse, de un ideal al cual consagrarse, en una palabra, es el espíritu de sacrificio y abnegación el que llega a ser el resorte moral por excelencia”. Durkheim se refiere aquí al altruismo, la contracara del egoísmo, y ahí es donde entra la función escolar como el último salvavidas. Ampliaremos.

Pasemos a Segato. La autora plantea un modelo muy interesante para comprender la violencia, sus estructuras elementales, a partir de la violación entendida como el arquetipo de violencia. Es decir, toma un tipo de violencia, a partir de cuyo análisis pueden desprenderse conceptos para comprender todo tipo de violencia. Es como si la violación fuera la violencia madre, de la cual partieran los restantes tipos de violencia. El libro es súper interesante, no lo voy a comentar, se los recomiendo como lectura. Lo que me interesa del planteo de la autora son algunas claves que ella aporta y que conectan muy bien con los crímenes intra hogar que pretendo analizar en este espacio. En primer lugar, “la violación se presenta como un acto violento casi en estado puro, vale decir, despojado de finalidades instrumentales. Es un fenómeno de agresión por la agresión”. Esto mismo planteo respecto de los crímenes de padres contra hijos, o hijos contra padres ancianos, o discusiones entre extraños en vía pública que terminan con la muerte de una de las partes. Son crímenes donde la única finalidad es la agresión y, en nuestro caso, además, la muerte.

En segundo lugar, la autora plantea la violación como un fenómeno social con causas sociales, de la misma manera que Durkheim pensaba el suicidio y de la misma forma que pretendo pensar los crímenes intra hogar. “No se trata de un problema limitado a la esfera del individuo. De ese modo, el abordaje nunca va más allá del ofensor individual, unos pocos hombres enfermos. Así el modelo psicopatológico o medico legal de la violación prescinde de la necesidad de indagar o modificar los elementos de una sociedad que pueden precipitar la violencia sexual contra las mujeres”. De la misma manera, si seguimos relatando los casos de crímenes intra hogar como uno más de una serie informativa sin trascendencia, sin escalar, sin ver la verdadera dimensión del fenómeno, nos perderemos la oportunidad de intervenir tempranamente en materia preventiva.

En tercer lugar, y el más importante desde mi punto de vista, Segato realiza una caracterización de la violencia -en su caso, bajo la forma de violación concretamente-, como forma de habla. “Ningún delito se agota en su finalidad instrumental. Todo delito es mas grande que su objetivo: es una forma de habla, parte de un discurso que tuvo que proseguir por las vías del hecho; es una rubrica, un perfil. Y por esta razón es poco habitual el delito que utiliza la fuerza estrictamente necesaria para alcanzar su meta. Siempre hay un gesto de mas, una marca de mas, un rasgo que excede su finalidad racional. Por lo tanto, casi todos los delitos se aproximan en alguna medida a la violación, por su naturaleza excesiva y arbitraria”. Es lo que vengo planteando desde el inicio: los crímenes intra hogar, padres contra hijos, novedad de nuestra época, 1) ya no son casos aislados; 2) nos están comunicando un cambio en las estructuras familiares y sociales. Son crímenes monstruosos, anti naturales, sin razón, inexplicables. Duelen, obligan a mirar y, casi al mismo tiempo, a quitar la vista. Nos interpelan. No hay una revolución de padres asesinos. No hay epidemia de salud mental. Hay algo mucho más grande sucediendo bajo nuestras narices.

Por último, en su descripción detallada de la violación y de los elementos que la componen, Segato hace un perfil que me interesa constrastar con aquél de los asesinos intra hogar porque encuentro una diferencia destacable. Vamos con las similitudes primero. También Segato interpreta que la primera víctima de una violación es el violador, en términos de un abuso previo que busca destruir en el cuerpo del otro y que le provoca un alivio fugaz. El asesino también encuentra un alivio fugaz en su acto de destrucción del cuerpo ajeno con una importante diferencia: mientras el violador es, por definición, compulsivo en la repetición de este acto que le provoca un alivio psíquico efímero, el asesino no cuenta con esta instancia de repetición porque su acto se consuma en la muerte del otro. No habrá más oportunidades para descargar su violencia, una vez asesinado el objeto de su displacer. Al margen de que es prácticamente inviable evadir la pena carcelaria en caso de este tipo de asesinatos absolutamente improvisados.

Entonces, el crimen intra hogar es un hecho de violencia único -que no implica que no tenga antecedentes-, producto del cual uno de los cuerpos termina muerto y el otro encarcelado. “El pasaje al acto señala la irrupción de la estructura de lo simbólico a través del sujeto y a su costa. Nuestra tarea es mostrar cómo irrumpe el universo social en la dimensión intrapsíquica para, a través de ella, encauzar las acciones individuales”, dice Segato. En eso estamos. Y tomo de ella su metodología. Para poder llevar a cabo su investigación y presentar los resultados que presentó, entrevistó a violadores encarcelados para trabajar con las representaciones que emergían de sus discursos. Es por ahí.

Para cerrar, volvamos a la moral, motivo de este artículo. Les dije al principio que los textos de Durkheim y Segato, separados por un siglo exacto entre ellos, recurrían a la misma fórmula para contener la violencia social: la moral. Durkheim lo plantea a un nivel macro sociológico con ramificaciones prácticas y puntos de acción que presentaremos en un siguiente posteo, y Segato habla de la violencia moral como forma de dominación y subordinación del patriarcado. En ese sentido, autoras feministas citadas por ella, ponen énfasis en la necesidad de una “reforma moral” para atacar las bases desde donde se difunden formas de violencias enmascaradas bajo relaciones aparentemente afectuosas. “Desgraciadamente, no puede modificarse por decreto, con un golpe de tinta, suscribiendo el contrato de la ley. No es por decreto, infelizmente, que se puede deponer el universo de las fantasías culturalmente promovidas que finalmente conducen al resultado perverso de la violencia. Aquí el trabajo de la conciencia es lento pero indispensable”. Mediante campañas de concientización que apunten a exponer y difundir diversas situaciones privadas de violencia e intimidación, la idea sería promover la reflexión sobre estos hechos buscando su impacto en una posible prevención.

Entonces, La Educación Moral de Durkheim, escrito en 1903, y que parece un texto empolvado y antiguo, está más vigente que nunca porque, según parece, las cuestiones que él planteó en ese libro siguen tan o más presentes que nunca y los caminos para interceptar posibles soluciones vienen de la mano de la moral como sistema de reglas. En síntesis, parecería ser que la única forma de combatir la violencia que crece a nivel social y que temina con cuerpos violados, masacrados y asesinados, sin razón, con el único fin de la agresión en sí misma, está en directa relación con la incapacidad de contenerse a nivel individual y con diques sociales quebrados y porosos por donde se filtran cada vez más sujetos víctimas de un cambio social que aún no logramos descifrar. Lo único positivo es que, independientemente del diagnóstico, tenemos dos autores que, cada uno al inicio de su siglo, coinciden en señalar que el camino de acción, para el combate y la prevención de esta aflicción social que es la violencia, es la moral, tal como la describió el sociólogo francés.

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