La muerte está encantadora
Un mes. Recabé los seis casos más mediatizados de
los últimos 30 días en Argentina. Nacional y federal. Distribuidos a lo ancho y
largo del territorio. Distintas historias, mismo desenlace: la muerte. Esa que
está tentadoramente encantadora en este arranque de nuevo siglo. Y no digo
encantadora por bella ni por maravillosa, sino por hechicera. Un humo embriagador
recorre los pueblos y las ciudades arrastrando todo a su paso, dejando la
desolación, el desconcierto y las preguntas.
Izan Aguirre. Seis años. Santa Fe. 21 de agosto. Vivía con su madre de 22 años, para quien “él era todo", en esa casilla celeste que ven en la foto. El nene tenía que ir a la escuela, como todos los días, pero no llegó. Los abuelos los esperaban para almorzar y no se presentaron. Justo la madrugada de ese día, a las 3 am, habían recibido un extraño mensaje del vecino de Izan diciéndole que durante media hora había escuchado gritos “como de una escena de violencia”, que le parecía raro, porque nunca había pasado y porque el nene siempre estaba feliz. El abuelo vio el mensaje cuando sonó su alarma, a las 6 am, y decidió no darle importancia porque el nene estaba enfermo, con fiebre, y probablemente ese haya sido el motivo del revuelo. Cuando sus mensajes a su nuera no obtenían respuesta, se preocupó y fue hasta la casa. Tuvo que derribar la puerta para encontrarse con su nieto muerto.
“Ella estaba como poseída, no era ella. Algo entró
en su cuerpo y en su mente”, esas fueron las declaraciones iniciales del abuelo.
El nene murió asfixiado por un almohadón y en sus manos encontraron pelos de su
madre, presumiblemente como signos de defensa. La madre estaba en shock, arrojada
en el piso sin poder dar cuenta de lo que había pasado. Cuando llegó la
policía, encontró al niño muerto en manos de su madre.
La mujer no consumía drogas, no fumaba, no tenía
antecedentes de problemas de salud mental y, según testigos, tenía un hermoso
vínculo con su hijo. Entonces, ¿qué pasó esa noche? Un poco de fiebre, una situación
que se salió de control, llantos y gritos. Eran dos niños, en definitiva. Uno de
ellos con la fuerza suficiente para asfixiar al otro.
El abuelo juró y perjuró que nunca vieron
situaciones de violencia. El mensaje del vecino, asustado, a las 3 am lo
ratifica: era la primera vez que escuchaba gritos de esa magnitud. ¿Y si
alguien le hubiera dado bola a ese vecino iluminado y solidario y hubiera
acudido en defensa de Izan? El abuelo, la policía, incluso el propio vecino. Quizás,
y sólo quizás, Izan estaría vivo. Pero claro, las paredes del hogar familiar
son muros privados, infranqueables, aun cuando en su interior se escenifiquen
masacres contra niños indefensos que no pueden sobrevivir al ataque intempestivo,
violento y demoledor de sus propios padres, sus objetos de amor.
Fin de la historia: la madre va a ser evaluada por
psicólogos y psiquiátras porque se sospecha que puede haber sufrido el tan
gauchito “brote psicótico”, o bien que tuviera una patología psiquiátrica no
detectada, tratada ni medicada. El típico desenlace de estas historias que
acumulan capítulos y que ya perdieron la sorpresa en tanto se repiten unas a
otras cual plagio mal habido.
Segundo caso, también el 21 de agosto, pero en
Avellaneda. Una
mujer policía de 33 años disparó en la cabeza a su beba de pocos meses y
luego se suicidó con el mismo método, usando su arma reglamentaria (no necesitó
recurrir a almohadones). Este caso se enmarca en la preocupante (¿para quién?)
seguidilla de suicidios en las fuerzas policiales que vienen registrando un 30%
de aumento respecto del año pasado. “Se incrementaron los suicidios en el país
y las fuerzas federales no escapan a esa realidad”, dijo la ministra de seguridad,
Alejandra Monteoliva, muy fresca ella. A mí no me sorprende. En 1897, Durkheim
analizó como nadie el fenómeno del suicidio y una de las cosas que descubrió fue
que los uniformados, es decir todas aquellas personas pertenecientes a esquemas
verticales jerárquicos, son los más proclives al suicidio por el alto grado de
altruismo con el que se forman, lo que los hace poner las normas fuera de su
cuerpo. Tienen un “exceso de integración social”, decía. Y, son por eso mismo,
la cara opuesta del suicidio más común, el de tipo egoísta o individualista. La
investigación de este caso “descarta motivos económicos” y apunta a “problemas
de salud mental” (¿cuándo no?) y a “problemas intrafamiliares”.
Tercer caso. Suicidio
de novela en San Martin de los Andes. Me tocó vivirlo de cerca. El domingo
16 de agosto nos enteramos de que una Suran había caído por el barranco, justo
antes de la entrada del pueblo, a las aguas heladas del lago Lácar. Primero se
pensó en un accidente, lo cual preocupaba muchísimo porque no es común ni
debería pasar que un auto se despiste y caiga 90 metros al precipicio. Los buzos
de prefectura tuvieron que sumergirse al frío de lo más profundo del lago para rescatar
el cuerpo sin vida de un hombre de 34 años que, en las horas previas, había
discutido fuertemente con su ex pareja. Es más, ella realizó la denuncia de
búsqueda de paradero apenas él abandonó la vivienda. ¿Qué le habrá dicho? ¿Cuán
grave pudo haber sido esa pelea o discusión para que, mientras manejaba solo
por esa hermosa ruta, pegara el volantazo directo al infierno del abismo? ¿Y si
alguien le hubiera susurrado, en ese instante de desolación, “me voy a comer tu
dolor”? ¿Y que tal si el diablo dejara de meter la cola ofreciendo el tentador
banquete de una muerte segura y reparadora?
Cuarto caso. Bariloche. 8 de agosto. Acá se va embarrando
un poco la cancha. En un confuso episodio, una
nena de 3 años terminó muerta, ahogada en el lago Nahuel Huapi, en el
interior de una camioneta. La escena sería la siguiente: había nevado mucho, el
padre salió a palear la entrada para que su mujer y su hija puedan salir con el
auto. La mujer acomodó a la nena en la silla de seguridad, en el asiento de
atrás, y se colocó al volante. Puso la marcha atrás para salir de la propiedad,
que se encontraba en un terreno en pendiente, frente a una zona costera que no tiene
contención o barrera. La camioneta deslizó en el hielo y, aparentemente, no pudieron
hacer nada para frenarla. Cuando caen al lago, la madre y la hija, frente a los
gritos desesperados del padre, solo se ve salir un cuerpo: el de la madre. Logró
sacarse el cinturón y nadar hasta la superficie, poniendo a resguardo su vida. De
su hija, dijo, “no la vi”. Relató, luego de darse una ducha de agua caliente
porque estaba congelada, que intentó salvarla pero no la encontró. Serían nuevamente
los buzos de prefectura quienes tuvieran que rescatar el cuerpo de la niña,
hundida a 25 metros de profundidad, en la misma silla en la que la puso su
madre, dentro del habitáculo.
Me sumergí de lleno a leer los cientos de comentarios
en redes sociales sobre este caso. Imposible no juzgar la actitud de esa madre
que sale con vida dejando el cuerpo de su hija detrás. Súmenle que, en sus declaraciones
públicas, los padres dijeron cosas raras como que “tendremos que vivir con esta
decisión”, “ella querría que siguiéramos adelante”, etc. Mensajes muy superados
a escasas horas de ocurrida la tragedia. La crítica fue letal. Todo cobró
sentido cuando leí que “como la causa de la muerte de la pequeña estaba
determinada, no era necesario una autopsia”. Seré desconfiada pero este caso
huele a rancio. Más allá de que haya sido, como recreó la fiscalía, un “accidente
con mucha mala suerte”, el caso es relevante porque una madre, que podría
haber salvado a su hija, no lo hizo, no pudo o no quiso, sólo ella lo sabrá.
Quinto caso. Cipolletti. 7 de agosto. Pacto
suicida de jubilados que no podían pagar sus deudas. Lo habrán visto. Se sumó
a un caso similar previo en el cual un jubilado se había arrojado a las vías
del tren en Florencio Varela por idénticos motivos. Los jubilados no tienen
plata para matarse, menos para vivir, por eso se arrojan en las vías del tren o
se empastillan con las drogas que no pueden comprar para ingerir
dosificadamente como el médico manda. La pareja de Cipolletti dejó una
carta muy racional explicando los motivos de su decisión. Acá la base materialista
hace estragos, no hay mucho más que agregar.
Ultimo caso. El sexto y corto acá porque tengo que
seguir estudiando para seguir analizando estos casos, todos los que seguirán
apareciendo. Villa Gesell, fines de julio. Lo habrán visto también, la madre
triplemente asesina. Llevó a su beba de 2 años al hospital porque se había “broncoaspirado”
tomando la mamadera, según sus palabras, y cuando los médicos indagaron un poco
más encontraron que ya se le habían fallecido otras dos criaturas “por el mismo
motivo”. Sospechoso, ¿no? Ya nada lo es. Esta madre logró saltarse todo el
sistema, incluso estuvo presa y aun así logró seguir procreando para seguir
matando. Pero esta madre se escapa un poco del perfil que vengo delineando en
este blog. Hay reincidencia, hay sadismo, hay muchos años de insistir en las mismas
prácticas violentas. Acá falló el sistema. No fue un crimen, fueron tres. El
relato lo cierra uno de sus primeros hijos, que hoy está a resguardo con una
familia que lo adoptó, y que muy valientemente dijo en cámara “me
golpeaba mucho”. Él logró escapar y sobrevivir pero tres de sus hermanitas
no. No llegaron. Como Izan, que no llegó ese día a la escuela porque se puso
molesto por el resfrío y terminó con un almohadón en la cara…
Como ven, vamos de adelante hacia atrás, desandando
un camino de muertes ridículas, innecesarias y totalmente evitables. ¿Puede
alguien decirme cuando acabará esta noche fría? Si se trata de rescatar
decisiones apresuradas, holgazanas, de mentes y cuerpos exhaustos por la
crisis, nunca es tarde para empezar a hacer algo. Vuelvo a recordar lo
que narraba Galeano en “Las venas abiertas…” respecto de cómo las madres y los
padres de los pueblos originarios de América asesinaban a sus propios hijos y
luego se suicidaban por el pánico que les provocaba la suerte que correrían de
ser captados por los conquistadores, allá por el siglo XV. Hoy, ¿qué es lo
que está provocando el pánico? ¿Cuál es la amenaza concreta, certera y real que
lleva a pensar que no hay otra salida más que la encantadora muerte? ¿Será
la crisis económica, la seguridad de saberse incapaz de soportar la propia
vida, de garantizar la mínima supervivencia? ¿Será el hastío de una vida llena
de problemas, de pantallas, de ruidos y voces que no se apagan y que no dejan
descansar la máquina que tenemos ahí arriba, esa que nos traiciona cada tanto? ¿Cómo
es que logra convencer, y con qué recursos, a cada vez más personas de
distintos sitios y realidades, a optar por este camino sin retorno? Preguntas y
más preguntas, por ahora, sin respuesta.

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