El poder de las palabras
Un trapo. Cuatro palabras. Una frase, potente, interpelante, desfachatada. Así se vivió el final del partido por las semifinales de la Copa del Mundo Fifa 2026 entre Argentina e Inglaterra. No se enfrentaban desde hacía décadas. Ni Messi, en toda su carrera futbolística, en la cual no le faltó hacer ni ganar nada, había tenido la oportunidad de disputar ese duelo. Un duelo futbolístico, un partido más, como dijo Scaloni, que nunca es tal. Y no lo es porque la historia que arrastran ambas naciones desde 1982 es muy pesada. No superamos el robo ni la muerte de tantos argentinos en una guerra que no debió haber sucecido pero que, sin embargo, pasó, dejando un saldo de muerte y planteos que nunca cesarán.
Pero lo más interesante de esta historia no es eso.
Desconozco si las teorías cuasi conspirativas que aseguran que los jugadores de
Argentina -que, sorpresivamente en esa final, después de haber mostrado lo
imposible en partidos anteriores, hayan decidido no participar del juego
excepto para defenderse-, se dejaron ganar presionados por la FIFA ante posibles
sanciones, o incluso amenazas de vida a sus familiares. Lo cierto es que Argentina
perdió la final ante España en un partido dudoso, extraño, amargo, que los expertos
podrán analizar mejor que yo, pero en la antesala de esa final pasó algo
inédito. En la semifinal disputada por Argentina e Inglaterra, dos países,
como ya dijimos, con una historia oscura detrás, los argentinos ganamos y lo
festejamos como si hubiéramos ganado todo, más que la copa, que ya la habíamos ganado
en 2022. Y en ese festejo final, un grupo de hinchas arrojó al campo de juego un
trapo escrito a mano con una frase simple pero poderosa. Decía: LAS MALVINAS
SON ARGENTINAS, así, en letras imprentas gigantes. Lo interesante es lo que
vino después, es decir, el efecto de esas palabras.
Cuarenta años de gestiones diplomáticas, las que defiende
Milei que se autopercibe un sujeto civilizado, no pudieron generar ni un ápice
de la reacción mundial que logró ese trapo, escrito a mano por un grupo de
argentinos y mostrado orgullosamente por los jugadores de la selección para
quienes quedó claro, desde el himno, que no era un partido más. La vidriera de
una copa mundial de la FIFA, con todo el globo mirando por televisión esos
encuentros deportivos, probablemente sea el mayor factor detrás del efecto
logrado. Una vasta audiencia, transversal a todas las sociedades. Probablemente
gente del otro lado del mundo que no sabe qué son las Malvinas se haya enterado
por ese cartel. Así de grande fue su magnitud. Pero lo importante, creo yo, es
que esa acción le mojó la oreja a los poderosos. No sólo a los ladrones de
territorios ajenos, que se rasgaron las vestiduras, por la humillación de perder
al futbol una vez más contra Argentina, y también porque se le dispute su honor,
su imagen. Sino también de los otros poderosos que los encubren desde 1982, sus
aliados. Y ahí sale un Infantino escandalizado porque la selección argentina
violó un código de conducta del reglamento de la FIFA y entonces impondrá multas.
Pregunto, cuando el presidente de Estados Unidos, anfitrión de esta edición,
dijo públicamente, sin ruborizarse como es su costumbre, que había llamado personalmente
al presidente de la FIFA para reclamar que se revise la tarjeta roja otorgada a
un jugador de su selección y, oh casualidad, esa tarjeta roja se dejó sin
efecto, ¿eso no viola el código de conducta de la FIFA? ¿Ese tipo de presiones
y de extorsiones no constituyen una falta grave de ética? ¿No manchan la
pelota?
Aquí lo que quedó claro, una vez más, es que hay una
ley universal que no se toca: para los ricos todo, para los pobres nada. Para los
poderosos: impunidad. Para los subordinados: represalias. Y si perdimos la
copa por ese trapo que tanta alegría nos dio ese día, quedate la copa y dejame
el trapo. El escándalo se origina, no por el trapo en sí, sino por la
desfachatez de un pueblo históricamente pobre y oprimido, colonizado formalmente
por España y luego informalmente por Estados Unidos, que se atreve a decir ESTO
ES MÍO. Que se atreve a reclamar públicamente lo que le corresponde. Que todavía
tiene orgullo, memoria y amor propio para no dejarse vencer, ni aun vencido.
Ese es el verdadero y profundo poder de las palabras. El poder de lo simbólico,
donde se dan las batallas más relevantes, las que cuentan.
Y ya que estamos hablando de palabras, de lo simbólico
y de contradicciones, ayer fue el día de la Pachamama, que se celebra
tradicionalemente agradeciendo a la Madre Tierra y bebiendo caña con ruda. Hermosa
tradición, ancestral. Lo paradójico es que esta semana se va a debatir en el
Congreso una ley, promulgada por supuesto por el poder ejecutivo que no se
cansa de dañar, que pretende habilitar la venta irrestricta de tierras de
nuestro suelo a extranjeros. Entonces, vuelvo y me pregunto: ¿qué es más importante:
beber la caña con ruda o defender las tierras que nos siguen queriendo robar? Ya
no por una guerra, como Inglaterra con Malvinas, sino por una entrega total, un
negocio, una compra venta. Les recuerdo que todas estas iniciativas Milei
las expuso en campaña. Hay una sola cosa que le puedo reconocer a este
personaje siniestro: nunca les mintió, les dijo en la cara que los iba a dejar
a todos sin trabajo, que los iba a ajustar, que no iba a haber plata, que iba a
paralizar la obra pública. Y cumplió. También con la baja de la inflación, solo
que dibujando los números al mejor estilo Guillermo Moreno. Y ahora no se trata
de pasarle la pelota a los legisladores para que lo frenen. Milei nunca debería
haber sido electo y a esta altura ya debería estar más que claro para la
mayoría de nosotros. Ojalá que el año que viene, independientemente de quien
gane, no sea su espacio, lleno de personas dispuestas a romper todo y a no
construir nada. Que este paso atrás sirva solo para tomar impulso, hagamos que
valga la pena, por todos los que se cayeron, por los que sufrieron. Aprendamos del
error. Para eso, claro, primero es menester asumir, humildemente, que uno se ha
equivocado.

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