La cita de la cita

Hace un tiempo, la revista Avatares publicó una convocatoria para escribir y proponer artículos que discutan la supuesta novedad de las ideas de derecha que se estaban presentando a la sociedad por ese entonces. Estamos hablando del año 2024, cuando Milei y su partido, La Liberta Avanza, comenzaban a dar sus primeros pasos. Recordarán todo el debate y la puja por imponer la denominada Ley Bases, esa sábana de artículos de desregulación de la economía y apertura radical, que finalmente terminó imponiéndose. No obstante, en ese momento, aún estaba en modo debate y todo lo que teníamos para analizar era la campaña que había hecho Milei en redes sociales y que lo había llevado a ganar la presidencia con el 56% en un ballotage contra Sergio Massa del Frente para la Victoria, apenas unos años después de haber comenzado su carrera política en el Congreso.

Es cierto que era toda una novedad y los intelectuales de nuestro país todavía estaban tratando de entender cómo Milei fue posible. En ese contexto, la convocatoria de la revista planteaba discutir si existía un tal proceso de derechización gestándose o si, por el contrario, podíamos establecer lazos históricos que desmitifiquen la supuesta idea de novedad que se intentaba instalar en la sociedad. Me refiero a esta consigna de que “Milei era alguien nuevo que venía a hacer las cosas distintas (a cómo las habían hecho los anteriores)” que, en definitiva, es lo que terminó cristalizándose en las elecciones.

Me pareció una propuesta interesante y decidí escribir un artículo propio. Por supuesto fue rechazado, con un montón de correcciones y llamados de atención por parte de los dos revisores. No me quejo, al contrario, tomé cada una de las sugerencias, reescribí el artículo de hecho (como ejercicio), no sin antes leer la docena de libros que me recomendaron leer.

En el artículo que presenté inicialmente me propuse hacer una comparación entre los discursos de campaña de Hitler, antes de acceder al poder en 1932, y los de Milei en la Argentina de 2023. Los discursos de Milei los obtuve por supuesto de los medios y como espectadora contemporánea directamente implicada. Los discursos de Hitler los cité de la obra del principal biógrafo de Hitler, Ian Kershaw, que escribió un libro maravilloso en el año 1991 que es mucho más que una simple biografía, se los recomiendo. Se sorprenderán al ver la sospechosa cantidad de coincidencias. No voy a repetir el artículo aquí ya que era muy extenso, pero puedo compartirlo si alguien quisiera leerlo. Es que no sólo hay “coincidencias” en el estilo discursivo, temático y referencial, sino incluso en los aspectos de la personalidad y vida privada de ambos. Por supuesto que nada de esto “explica” las ideas de derecha ni crea una especie de lazo orgánico que une determinadas características con determinadas consecuencias. Pero, insisto, habría que hurgar un poco más porque las similitudes son muchas y no son ingenuas.

Por ejemplo, voy a transcribir una parte del artículo original: " tanto Hitler como Milei se encargaron de delimitar y caracterizar a un enemigo interno al cual responsabilizaron directamente de ser la causa de los problemas de sus naciones. Esta caracterización no se hizo de cualquier manera sino que se hizo en términos de raza, aglutinando a todo un conjunto de personas y adjudicándoles características que los hacían únicos y que los diferenciaban del resto de la sociedad ”. Estoy hablando de los judíos marxistas en el caso de la Alemania Nazi y de la casta y los empleados públicos “ñoquis” en el caso contemporáneo. Aquí me valí de la teoría de Foucault (1975) quien, en Genealogía del Racismo, explica cómo fue posible para Hitler asesinar a millones de personas, recurriendo al antiguo poder soberano de matar del Estado y el rol fundamental que cumplió el racismo en esta mecánica. Mi conclusión al respecto fue que " el fascismo edulcorado de principios del siglo XXI, disfrazado de democracia de mano dura y enarbolado con las banderas de una supuesta libertad, es aún más peligroso que el del siglo pasado porque no necesita disparar un solo tiro para exterminar a la población. De la mano de políticas neoliberales de ajuste y represión de las disidencias logra desterrar a los sin recursos llevándolos al extremo de la indigencia y la muerte. En rigor, en mi opinión, no asistimos a un proceso de derechización, sino a una inclusive mayor radicalización de las clásicas ideas racistas de ultra derecha que vuelven camufladas bajo la retórica de la libertad y más eficaces, en la forma de gobiernos fascistas que no necesitan ejercer la acción de hacer morir sino que recurren, cómodamente, a la omisión de dejar morir”. Me refería, en ese momento, a las primeras políticas desplegadas por el gobierno de Milei que tenían que ver con cancelar medicación oncológica a enfermos de cáncer, cerrar comedores comunitarios, desafectar los subsidios a los electrodependientes ya los discapacitados, al margen de los despidos masivos que, hasta el día de hoy, han dejado a millas de personas en situación de extrema vulnerabilidad.  

En síntesis, todo mi artículo, por demás pretencioso, llevaba a la conclusión de que " la derecha como ideología siempre ha mantenido y respetado los mismos valores que tienen que ver con un conservadurismo de las formas y tradiciones sociales representativas de la oligarquía, la consigna irrenunciable de libre mercado, el respeto irrestricto de la propiedad privada y la exclusión de las minorías en términos raciales. Desde el primer liberalismo, el de John Locke en el siglo XVII, pasando por todos los referentes que levantaron las banderas de la libertad, puede encontrarse una continuidad homogénea y coherente en los planteos y en las reivindicaciones”. De modo que no había “tal novedad” como se quería instalar.

En la reescritura de mi artículo, siguiendo los consejos de los revisores de Avatares, pude exponer brevemente la historia de la derecha argentina, desde sus orígenes con la creación de la Liga Patriótica en 1919. Resulta que había “dos familias” dentro de la ideología de derecha: la nacionalista-reaccionaria y la liberal-conservadora. Ambas confluyeron en varios episodios concretos de nuestra historia, principalmente aquellos relacionados a los diversos golpes militares que sufrimos durante el convulsionado siglo XX. Esto significa que la derecha siempre estuvo, independientemente de sus aristas conceptuales, apoyando a gobiernos conservadores en política y liberales en economía. Pero, entre estas dos familias, una de ellas logró inmiscuirse en los aparatos modernos del Estado y camuflarse hasta convertirse en una fuerza republicana de gobierno, llegando incluso al poder ejecutivo por el voto popular por primera vez en el año 2015 de la mano de Mauricio Macri y su partido, el PRO. En cambio, la otra familia, la nacionalista-reaccionaria quedó marginada del poder y con muy mala prensa. En palabras de Pablo Semán (2023), "el consenso democrático marginó a los sectores nacionalistas reaccionarios como vetustos representantes de años de violencia. Esta marginación implicaba también que la otra parte de la derecha, el liberalismo conservador, podía ir deslindándose de su propia historia: la derecha antidemocrática estaba en otro lado" (p. 51).

El último golpe militar, el de 1976, marcó un quiebre entre ambas derechas. Mientras que “ las de corte liberal conservador lograron articularse en el Estado e impulsar una agenda neoliberal, las de raigambre nacionalista tendieron primero a replegarse y luego a reformularse ” (Morresi, Saferstein y Vicente, 2021, p. 145). Esta reformulación es propiamente la que interesa a los fines del objetivo del mencionado artículo ya que permite “comprender cómo esta derecha nacionalista reaccionaria logró maquillarse y reaparecer en la escena política con una identidad renovada pero que, a contramano de lo que querrían mostrar, no surge en el vacío sino que se apoya en su largo y frustrado recorrido durante todo el siglo pasado” (esa soy yo reescribiendo).

En toda esta historia no puede faltar el elemento disruptivo, punto de quiebre para el ascenso sin freno de la derecha: la crisis sanitaria del Covid y su posterior cuarentena y crisis económica. Es un tema muy amplio, que varios autores se han dedicado a analizar con el detalle que merece. Sólo me resta decir que es precisamente en ese tiempo en pausa cuando se comienza a construir un nuevo sentido de la política; ya no como asistencialista y benefactora sino como enemiga del laburante, por brindarle asistencia económica a quienes no la merecerían. En ese sentido, los videos virales de Javier Milei en Tik Tok, en los cuales presumía, no sin cierto goce, de las decenas de ministerios que recortaría con su motosierra de ser electo presidente, configuran la nueva propuesta desfachatada y abiertamente anti política que asumiría la nueva derecha radicalizada, que ya no tendría vergüenza de serlo, sino que fomentaría el orgullo por representar las ideas de extrema derecha antaño calificadas como anti democráticas y, por ello mismo, sancionadas y expulsadas de la contienda política. Es la derecha nacionalista-reaccionaria, entonces, la que se maquilla y sale a escena otra vez, desentendiéndose de su propia historia, la cual pasa desapercibida para un electorado masivo sin ganas ni interés por informarse .

Luego pude conectar más seriamente la idea del fascismo de la mano de autores contemporáneos como Ariel Goldstein (2022) y Daniel Feierstein (2019). Golsdstein habla del “ germen del fascismo ” (p. 270) presente en los discursos segregatorios en los cuales se señala a un culpable o chivo expiatorio al cual se responsabiliza de los males y que ocultan una demanda de castigo y punición; y Feierstein habla del fascismo en tanto “ práctica social, que implica la posibilidad de movilización activa de grandes colectivos y su participación -tambien activa- en la estigmatización, hostigamiento y persecución de grupos de la población, identificados a partir de su origen nacional, su diversidad étnica, lingüística, cultural, socioeconómica, política, religiosa, de género o de identidad sexual ” (2019, p. 22). Nuevamente, el acoso a las minorías en el centro de la escena, el racismo como elemento central del fascismo, tal como lo describió Foucault .

Para cerrar me gustaría ir al corazón de este análisis, que poco tiene que ver con las derechas y todo tiene que ver con reflexionar sobre nuestras prácticas, tal como lo hizo Pierre Bourdieu, el autor de la “ vigilancia epistemológica” (1968). En Homo Academicus (1984), Bourdieu enmarca el campo universitario dentro de su teoría de los campos; así “ el campo universitario es, como todo campo, el lugar de una lucha por determinar las condiciones y los criterios de la pertinencia y de la jerarquía legítimas” (p. 23). Esto tiene que ver con qué se admite y qué no. A mí personalmente me resulta chocante, cuando no confuso, el requisito casi coactivo de tener que incluir incontables referencias y citas bibliográficas para darle legitimidad a un texto académico original de producción propia. Por supuesto no estoy avalando el plagio, que tanto daño (sobre todo material) hace a los dueños y guardianes de esos contenidos ¿descubiertos? y dichos por primera vez por alguien que le rubricó la marca y el copyright, cantando pri. No se trata de eso. Tampoco se trata, en mi opinión, de inundar de tantas citas y palabras de otros autores un texto que termina siendo un copiar y pegar, aunque con elegancia y buen poder de ensamble. ¿No les pasa que, cuando leen a un autor, quieren escuchar su voz? Sus ideas. Suyas y de nadie más. Es conveniente y recomendable apoyar los argumentos en teorías previas que marcan un camino y un hilo conductor, que den robustez y estructura a un planteo teórico. Pero muy distinto es esconderse cobardemente detrás de lo que otros dijeron. En ese caso, seríamos simples articuladores de teorías ajenas.

A mi me pasó en mi tesis de grado que tuve dificultades para decir lo que quería decir porque, al parecer, mi tema de interés es hereje y osado, hasta atrevido aparentemente. Tal parece que no se puede ir por el campo científico e intelectual alzando la voz y haciendo preguntas impertinentes si uno no ha leído las millones de obras clásicas y contemporáneas que nos preceden. ¿Ustedes se imaginan a Freud pidiendo permiso a principios del siglo XX para hablar de la fase anal de la libido en infantes? ¿O a Durkheim esperando la aprobación de la Gran Academia para decir que el objeto de estudio de las ciencias sociales eran los hechos sociales y eso las convertía en una ciencia de igual jerarquía que las naturales? ¿Por qué hay tanto resquemor a decir algo nuevo, algo propio? Entendiendo el miedo a equivocarse, a quedar en ridículo, todos lo tenemos, pero de esa manera, ¿cómo podríamos producir contenido nuevo? ¿Cómo podríamos incluso plantearnos nuevas preguntas si no tenemos el valor de dar respuestas tentativas?

Bourdieu (1984) decía que “la inercia de los programas académicos objetivados es la prolongación natural de la gran enseñanza de reproducción que, en tanto vulgarización legitima, debe inculcar lo que la opinión común de los doctores considera como conocimiento adquirido, académicamente ratificado y homologado y, por lo tanto, digno de ser enseñado y aprendido; antes de producir un saber nuevo, incluso herético ” (p. 137). Esta inercia de la que habla el autor tiene que ver, en mi opinión, con esa resistencia a admitir una voz que no necesita repetir por centésima vez lo que otros grandes autores dijeron para plantear un argumento nuevo. Esas citas estarán siempre disponibles, dando respaldo y solidez a los planteos, pero no pueden ser (o seguir siendo) el eje del texto nuevo a producir.

De otro modo, como advierte Bourdieu (1984), “todo esto concurre a producir un universo sin sorpresas y a excluir a los individuos capaces de introducir otros valores, otros intereses, otros criterios en relación con los cuales los antiguos resultarían devaluados” (p. 199). Según el autor, la academia en tanto institución legitimada y legitimante “inspira las aspiraciones al mismo tiempo que les asigna límites ”. Entonces, ¿cómo saciar la curiosidad de aprender, de investigar, si todo lo que puedo volcar en un texto es la cita de la cita? ¿Qué sentido tiene?

Nada de lo que quiero investigar ni poner sobre la mesa tiene la pomposidad de los grandes autores que nombré anteriormente. Soy una simple mortal y me encuentro en un campo en el cual la tendencia, contrariamente a lo que uno creería, es el conservadurismo y el decoro. Me resultó muy gracioso cuando el profesor de Sociología del Delito nos contó la anédocta de William Foote Whyte, el autor de La sociedad de la esquina (1943). Tal parece que William, discípulo de la Escuela de Chicago, hizo un trabajo de investigación inmenso como observador participante de estas “sociedades de la esquina” en la ciudad de Boston de la década del 40 y terminó presentando como tesis de doctorado tremenda etnografía urbana, que se convertiría no sólo en un best seller sino en modelo de futuros estudios sociológicos. Sólo había un problema: no incluía una sola cita bibliográfica. Es decir, el alumno Foote Whyte, que aún no era nadie en el campo académico, que no se había ganado el derecho a firma, había presentado un trabajo sin apoyarse cansinamente en los cientos de autores una y mil veces premiados y merecedores de toda ovación que deberían, obligatoriamente, aparecer en su estudio de campo. Cuando le pidieron que presentara la metodología, que también estaba ausente, presentó sin demora todo un plan metodológico exquisito que daba cuenta de cada aspecto de los hallazgos empíricos relevantes. En síntesis, el libro salió, es un clásico hoy y me atrevo a decir que si resultó tan interesante de leer es porque tenía algo nuevo que decir. Aunque fuera preliminar, aunque fuera tentativo, aunque pudiera contener errores técnicos.

Becker (1986), otro autor del semillero de la Universidad de Chicago, decía que, para el común denominador, “ es mejor decir algo inocuo pero seguro que algo audaz que tal vez no podríamos defender de las críticas ” (p. 27). Y probablemente sea cierto, y también muy aburrido.

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